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Francisco Faig
El sustento primordial de la insularidad del Uruguay en el continente siempre fue su obsesión por el respeto a la voluntad popular. La célebre frase de Artigas sobre la autoridad que emana del pueblo fue credo popular y cívico y pautó la convivencia colectiva.
Sin embargo, con la votación de la mayoría frenteamplista en el Senado sobre la ley de caducidad, que contradice expresamente la voluntad del pueblo, entramos en un camino nuevo y distinto que, se sabe, nos conduce a un callejón sin República, ni igualdad ciudadana, ni garantías de libertad. La vil patota exacerbada, relamiéndose con odio sus heridas, dictó su mandato. La izquierda se entregó así a su demonio leninista.
El que hace creer al Partido Comunista que es la vanguardia de la sociedad; el que inspiró a los Tupamaros de los sesenta e hizo trizas al Uruguay democrático; el que envenena el aire de libertad y tolerancia de cualquier sociedad pluralista.
La esperanza del triunfo de Mujica era que, finalmente, habría de normalizarse la escena política del país.
Que habríamos de mirar a futuro, llevar adelante las reformas pendientes y aceptar la legitimidad de las distintas ideas, apoyados en el impar itinerario de vida del Presidente y en su convicción democrática.
Que nos abocaríamos a arbitrar nuestras diferencias de políticas públicas, porque ya la izquierda habría aceptado, de una vez y para siempre, los principios de la democracia representativa y liberal que es la nuestra.
La decepción es acorde a esa esperanza. Porque estamos ante el peor Frente Amplio: soberbio, falaz, resentido. Lejos de encaminarnos al país de primera, el segundo triunfo de izquierda envalentonó a una barra enardecida que cree tener la verdad en su puño y que está decidida a arremeter ciegamente contra lo que sea. Hoy, fueron seculares principios generales del Derecho; mañana, ¿quién estará a salvo de ser su víctima?
Lamentablemente, ya nadie la frenará en su convencimiento fascista.
No será Vázquez, que la legitimó en su golpe contra la voluntad popular. No será Astori, que traicionó con su voto su promesa electoral. No será Mujica, maniatado e incapaz de asumir la Historia y vetar la ley. Tampoco será el despertar de una resistencia popular que defienda la arquitectura republicana del país, porque la mayoría, como en febrero de 1973, no cree haber perdido nada sustancial.
Relativizar el episodio por la bonanza económica o la tradición democrática nacional es no entender la gravedad de la hora en un continente sumido a populismos y tiranías que fascinan a los compañeros del comité de base.
Se abrió un nuevo tiempo en el que habrá que resistir los atropellos fascistas de la mayoría del Frente Amplio y sus aliados sindicales, llamados a dañar, pertinazmente, la convivencia colectiva.
Así, en vez de avanzar en el camino de la prosperidad que se apoye en una aceptada convivencia republicana, la prioridad futura de la oposición no puede ser otra, infelizmente, que la terca defensa de las instituciones democráticas de nuestro país.









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