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HEBERT GATTO
En las recientes elecciones del MPP, la corriente encabezada por Julio Marenales obtuvo una mayoría relativa que consolida su preponderancia. Este triunfo redobla la importancia de su ideología, la que desarrolló en nota publicada el 8 de abril pasado en Brecha. Cabe resaltar que referimos al pensamiento del grupo más relevante de la coalición de gobierno, al que pertenece el Presidente y la primera senadora del país.
Marenales es claro y frontal. Sostiene que "el formidable experimento social que comenzó en 1917 en la Rusia zarista", debido a su fracaso final dio pretexto a una formidable ofensiva de las "derechas reaccionarias", con el consiguiente desánimo de la izquierda revolucionaria. Tanto fue así que, a diferencia de lo ocurrido en las décadas de los 60 y 70, el tema del "acceso al poder real" perdió vigencia. El actual progresismo, dice, está extendido, pero resulta poco profundo e incisivo. Aún cuando, con el FA en el gobierno la izquierda atraviese una etapa positiva, sólo se trata de una transitoria acumulación de fuerzas, previa a la final superación de la "civilización capitalista".
No se trata únicamente de mejorar las condiciones materiales de este modelo, es necesario -sostiene-, superar una forma de vida que de prolongarse destruirá el planeta. El abandono del interés por el universo socialista, al que nadie se jugó por defender, implica que mucho se perdió. El socialismo real, "hay que encararlo desprejuiciadamente" para no desecharlo en su conjunto. Tal, resumida, la ideología de uno de los líderes de la izquierda uruguaya. ¿Qué concluir de ella?
Seguramente no es políticamente relevante la marcada nostalgia sesentista de Marenales. Pocos creen negativo el abandono por parte del MLN de la violencia y su adopción de la democracia como vía para escoger gobiernos. Por más que a menudo cuesta colgar los fierros y archivar ilusiones. Más grave por su proyección, es su ligera valoración del mundo soviético. A nadie puede culparse de procurar revisar fenómenos históricos de la trascendencia del experimento leninista. Por más que ello no autoriza, como concluye Marenales, a sostener que "mucho se perdió" con su implosión final.
La revolución rusa y sus prolongaciones constituyeron uno de los fenómenos más terribles de la modernidad, con un balance de crímenes directos que supera los sesenta millones de muertos. Además que por siete décadas este sistema constituyó una cruel dictadura, gran parte de ese lapso bajo la conducción de Stalin y Mao. En sí mismo equiparable al nacional-socialismo, fundamentalmente en su antiliberalismo y en el antidemocratismo radical de ambos.
Abrigar esperanzas en el totalitarismo revela la estatura de este analista, otro de los redivivos soñadores locales del absoluto. Quien nada aprendió de esta frustrada revolución. Rescatar sus iniciales propósitos igualitaristas -por malo que sea el capitalismo- no significa secundar su desarrollo: una atroz pesadilla, que solo cultivan Cuba y Corea y que ahora busca reeditar Venezuela y su séquito. Pobre Uruguay si en la izquierda gobernante llegaran a primar tales desvaríos. Por lo visto, no estamos tan lejos.




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