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Francisco Faig
El leninismo del Frente Amplio es un grave problema para el país.
Por momentos, el talante liberal-socialdemócrata pareció ganar la pulseada. Es un estilo que identifica a notorios exponentes de la generación de 1983; a la mayoría de quienes se dicen seregnistas; a quienes comulgan, por lo general, con el ala moderada de tradición batllista de izquierda.
Cree más en la igualdad que en la libertad, y reivindica el papel preponderante del Estado en la economía, sin renegar del capitalismo. Entiende, además, que no hay prosperidad posible sin la profundización del sentido democrático y republicano de gobierno que respeta el Estado de derecho y la institucionalidad del país.
Sin embargo, con el triunfo de Mujica se afirmó la izquierda intolerante, leninista, que se asume como guía superior de la sociedad.
No porque el discurso de Pepe la haya azuzado en la campaña de 2009. Sí porque ella condice con una tradición de pensamiento muy arraigada en el socialismo vernáculo y en las bases frenteamplistas (sobre las cuales hay que apoyarse para legitimar el liderazgo interno, como lo sabe Vázquez).
Es la izquierda que cree que el Otro es un enemigo y no un adversario; que siente (y no sólo piensa) que los exponentes de los partidos tradicionales son de naturaleza distinta e inferior; que se estima legítima para enmendar la plana al pueblo que vota; que se envalentona contra las instituciones y su orden formal -Estado de derecho- si es necesario, con tal de instaurar el orden de verdad que pretende encarnar. Adhiere, sin rubor, al gorilismo de Hugo Chávez o a la tiranía cubana, porque en el fondo repudia a la democracia liberal.
No se asienta en un partido en particular, sino que se extiende difusamente por todo el Frente Amplio.
Es Rubio, cuando descalifica la ley de Ancap de la administración Batlle, porque justamente, habría de ser aplicada por una administración colorada. Es Lorier, con su inefable odio al empresario capitalista. Es Domínguez, con su "oligarca puto". Es Topolansky, con su concepción de representación que debiera de responder al partido (y no ceñirse al representante).
Y es el MPP, cuando en elecciones sin resultados claramente publicitados, define una nueva dirección sectorial que respalda al presidente y mantiene la expulsión de Saravia.
El leninismo se esparce implacable en la sociedad. Así, aquellos cientistas sociales que no comulguen con las políticas del Frente Amplio deberán callar o disimular ese disenso si no quieren verse radiados del círculo de contratos y prebendas estatales.
Esa cultura leninista impone su discurso mitológico, por ejemplo, sobre la historia reciente. También intenta deslegitimar en el mundo universitario las voces que no son propias, negando reconocimientos -como el caso Martins y Brito-, o ninguneando visiones diferentes como la excelente narración de historia nacional de Maiztegui.
Ni Mujica ni Vázquez divorciarán a la izquierda de su leninismo esencial. Pero si ese divorcio no se consuma, el prometido país de primera será una quimera.









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