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Vargas Llosa podría muy bien decir como Píndaro, mejor es causar envidia que compasión, ante las declaraciones de la persona que hoy ocupa el sillón de Director de la Biblioteca Nacional. El Sr. Carlos Liscano, que hace poco también mereció cierto espacio en las noticias, por haberle hecho una denuncia por difamación e injurias a la escritora Mercedes Vigil que terminó finalmente en una instancia de conciliación, parece que no quiso quedarse atrás, ni ser menos que su par de Argentina, Horacio González. Así como éste fue uno de los que se movieron para impedir que el reciente premio Nobel de Literatura abriera la Feria del Libro en la vecina orilla, enviando una carta a los organizadores, el director vernáculo se despachó con frases deprecatorias al enterarse de que el escritor peruano sería nombrado ciudadano ilustre de Montevideo. Disparó sin pudor alguno, intentando menoscabar el prestigio del que goza el reciente laureado, aunque con muy poco suceso, porque no hace daño quien quiere sino quien puede, venenos tales como que Vargas Llosa es una multinacional en si mismo.
Pero no fue el único en destilar ponzoña, sino que su lamentable gesta fue acompañada por otros congéneres como Eduardo Galeano, el autor de Las Venas Abiertas de América Latina, esa suerte de biblia de la izquierda latinoamericana, cuyo mensaje ha sido tan esparcido como dañino. Aprovechando la tribuna que le ofrecía el estar en la Universidad de Cuyo de Argentina, también se sumó al coro para denostar al inminente "ciudadano ilustre", afirmando que a ese señor no hay que hacerle el favor de atacarlo ni de tirarle huevos podridos, probablemente, es lo que más le conviene. Palabras que coinciden perfectamente, con lo que ha sido la tónica de la izquierda predominante en el ambiente cultural del Uruguay (no solo aquí), donde desde siempre se ha practicado el ostracismo para quien no abreve en las mismas fuentes.
Si la envidia es más irreconciliable que el odio, como dijera el duque de la Rochefoucauldt, que se puede esperar si a ella se le agrega el enceguecedor sectarismo político, ejemplo del cual tuvimos hace poco un episodio tan inconcebible como penoso, en la Universidad de la República, cuando se le negó por falta de votos, el honor de ser declarados profesores eméritos, a dos renombrados catedráticos de derecho; los doctores Daniel Hugo Martins y Mariano Brito.
Prueba fehaciente de cómo la política tiñe estas actitudes discriminatorias, fueron las palabras del mismo Sr. Liscano, quien entre sus argumentos contrarios a la distinción a Vargas Llosa, introdujo conceptos tan literarios como que en su anterior visita a nuestro país, a finales del verano, se había reunido con todos los ex presidentes, menos con Tabaré Vázquez, quien no fue invitado; "pensó que le iba a producir una especie de sarampión comer con un ex presidente de izquierda". Estos personajes que largan escupitajos frente a la decisión de la Junta Departamental, no toleran que este autor que se sacó las vendas de los ojos muy propias de la juventud de aquellas épocas, haya tomado consciencia de las mentiras y los horrores que sostenían la prédica y las tiranías de izquierda, así como que haya tenido la valentía de decirlo, de enfrentarlo, defendiendo luego sus ideales democráticos y liberales. Y menos aún que se haya destacado en el mundo de las letras y del pensamiento. En una palabra, que haya triunfado.
Pero vale mucho más la pena que hablar de bajezas, recordar algunas reflexiones de Mario Vargas Llosa al recibir el premio. Un discurso donde se percibe a un hombre profundamente enamorado de su vocación, que tiene a la vez, una llamativa capacidad para el reconocimiento de los demás. La ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor del ser humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en su profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa.








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