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FRANCISCO FAIG
Periódicamente la administración Mujica nos da buenos ejemplos de impericia y falta de rumbo en la gestión. Aquella creencia en la resuelta izquierda capaz de gobernar mejor que cualquier otro, se sabe, no es más que uno de los mitos más populares y mejor vestidos de la Historia patria.
La voluntad de Mujica de limitar la instalación futura de plantas de celulosas es una reciente ilustración. Hay que privilegiar, según él, la lechería o la agricultura, que enfrentan mejor las previsibles crisis. Se jaquea así la captación de inversiones extranjeras de primer nivel que nos conviertan en el centro industrial de la cuenca maderera del cono Sur como destino nacional productivo.
Pocas veces visión tan simplista de la economía internacional y tan opuesta a los intereses nacionales se ha manejado con tanta ligereza, y nada menos que desde la presidencia de la República. El infeliz argumento es sustentado por la geopolítica propia de la superchería de la "patria grande". Así, se terminan favoreciendo los argentinos intereses en la materia y los del sur de Brasil, que compiten con nosotros por ocupar tan estratégico lugar.
Otra distracción circense: el puerto de Rocha que para prosperar, en opinión del gobierno, debiera de contar con la aprobación de Brasil. ¿Alguien en su sano juicio puede pensar que nuestro avezado vecino va a apoyar semejante iniciativa que compite directamente con el desarrollo de la vocación portuaria de Río Grande del Sur?
Pero hay más: "cumbre educativa" para encontrar un rumbo que encamine esa tan delicada como desvencijada política pública.
Si dejamos de lado las propuestas concretas de Corbo, solo se notarán los mismos gestos, ademanes, ceños fruncidos, frases grandilocuentes y vacías, y caras de circunstancia de siempre.
Eso sí: todos juntos, como prefiere la idiosincrasia nacional, que cree que así se logra algo.
Sin embargo nadie en el gobierno, nadie, admitirá que la ley Simon de educación, entregó el poder real a los sesentistas sindicatos de izquierda y que nada sustancial se puede encarar si no se la desmantela.
¿Qué decir de la inoperancia en materia de seguridad ciudadana; de una reforma del Estado que nada sustancial logra luego de un año ya de vociferada; de los inexistentes cambios en la matriz energética; de la corta política de cárceles?
La izquierda se autocomplace en el poder al ritmo de la regularidad de los golpes en su bombo. Encuentra lejanos y neoliberales culpables de su ineficiencia. Con el viento internacional a favor, amortigua fracasos.
Evita así enfrentar todo cambio sustancial que ponga en tela de juicio los intereses de la barra y de los sindicatos afines, su ramplón clientelismo, su provinciano quietismo, su anquilosado discurso que quiere hacer creer que está haciendo.
Hay que insistir en promover el programa de cualquier oposición que se precie de tal: exigir calidad en las políticas públicas; marcar errores y proponer alternativas responsables. Enfrentar el amateurismo diletante en el poder.





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