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FRANCISCO FAIG
Quizá lo ratificó antes de tiempo. Quizá se exponga a una mayor visibilidad a la deseada. Quizá fue exigido por la preservación de la unidad frenteamplista.
Pero lo cierto es que no dijo nada muy novedoso. Si su salud lo permite, será candidato. Siempre que, además, sea legitimado por el Frente Amplio y con resguardo de la unidad del movimiento. Para rematar ese proceso, la candidatura a la vicepresidencia para Sendic, que almuerza con Mujica, parece ideal.
En tiempos en los que el Partido Comunista y sus añosos aliados sesentistas insisten con medidas económicas antediluvianas y estériles; en momentos en los que se plantea revisar toda la estructura impositiva del país; y cuando el fracaso del gobierno es patente en seguridad pública, vivienda, educación y reforma del Estado, Vázquez aparece como el garante de la unidad y el abanderado del proyecto de país de izquierda a futuro.
Su posición es diáfana. Si Mujica es exitoso, será su mejor continuador. Si Mujica fracasa, será aquel que pueda reconciliar a un país de hegemónica y extendida cultura de izquierda con la esperanza de un gobierno mejor (siempre conducido por el Frente Amplio).
Vázquez, además, quiere poner al día el proyecto de la izquierda. Dice que algunas concepciones del siglo XX que permanecen arraigadas en las mentes de varios frenteamplistas "ya fueron".
Acepta hoy, con convicción, la llegada de inversiones extranjeras y la asociación público-privada. Defiende el modelo de crecimiento. Insiste en políticas redistributivas a partir del gasto público social.
Desde la oposición el desafío es tan evidente como grave: ¿qué modelo de país alternativo proponer a esta anunciada candidatura de Vázquez con esta asumida "actualización ideológica"?
El discurso de la Guerra Fría ya fue. La reivindicación estatista luisbatllista perece frente al clientelismo urbano frenteamplista. El espacio del desvarío del nacionalismo de patria grande es ocupado por el mujiquismo. A nadie quita el sueño promover una gobernabilidad propia de los ochenta cuando hay mayorías absolutas. A nadie entusiasmará ir a fondo en el camino del liberalismo económico cuando la renga izquierda lo transita y el país crece como nunca.
La respuesta es más prosaica y menos ideológica: calidad de gobierno.
Se trata de convencer de que hay una alternativa posible y mejor en educación, vivienda, inserción internacional, reforma del Estado, apertura a la inversión extranjera y tantos otros temas. Implica especializar elencos partidarios y técnicos que sean, cada vez, el contrapunto de esta administración (y de su herencia vazquista).
Precisa aceptar la realidad electoral metropolitana y profundizar lazos interpartidarios que aseguren, efectivamente, de que existe alternancia posible con mayoría parlamentaria cierta. Desalambrar chacras.
También, se precisa un relato identitario que reivindique cierto pasado exitoso, nos proyecte colectivamente a futuro, y sea distinto al del Frente Amplio.
La tarea, como se notará, es ciclópea.








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