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Francisco Faig
Una de las ideas más extendidas en los últimos años ha sido que la izquierda tiene los mejores cuadros para llevar adelante las políticas públicas que el país precisa. Sin embargo, todos los días la realidad desmiente ese mito. Veamos tres ejemplos.
En política exterior, la mezcla de amateurismo con obcecamiento ideológico que impuso como estilo gobernante el ex canciller Gargano se tradujo recientemente en las inefables declaraciones de Conde.
El país conjuga un latinoamericanismo provinciano, que quiere ser el estribo de Brasil a la vez que asumir una integración continental de izquierda, que no privilegia nuestros intereses nacionales.
Nada hay de pericia en la ejecución en torno a una política internacional acorde a los nuevos tiempos. Tampoco hay nada de elaboración teórica que se destaque sobre la inserción mundial del país.
En seguridad pública, la multiplicación de los fracasos gubernamentales se asienta en la visión ideológica clásica de la izquierda, bizca y miope, que victimiza al delincuente en vez de garantizar la convivencia colectiva en paz y civilizada.
Política de cárceles sin previsiones mínimas; minoridad delincuente impune; sistema de proceso penal anquilosado; terror al ejercicio de la autoridad por ser tachado de fascista.
Los comentaristas de izquierda siempre acuden a la tranquilizadora comparación con países latinoamericanos que nos deja relativamente bien parados (para lo que se precise, siempre hay peores en el continente). Con horror hay que escribirlo: nada permite avizorar una evolución positiva.
En educación, las estrellas vinculadas a la Universidad de la República -Brovetto, Ehr-lich, Simon y una larga lista de etcéteras formada por jerarcas menos relevantes- arrojaron diáfana luz sobre su profunda incapacidad para conducir al país en la materia, a pesar de disponer de recursos como nunca.
Los resultados PISA son la última prueba de la tremenda responsabilidad de la izquierda en la catástrofe educativa nacional: en tanto activa y dañina oposición (al menos) desde 1985, y como gobierno desde 2005.
La izquierda ha tenido, por supuesto, una coyuntura internacional insólitamente excepcional en la historia del país. Y no ha sufrido, por supuesto, la cerril oposición que perjudicara a lo largo de tantos lustros el ejercicio del gobierno nacional, y sobre la cual el Frente Amplio fue construyendo su actual hegemonía.
No nos engañemos más.
La constatación es sencilla: los partidos tradicionales pueden gobernar mejor que la izquierda porque la superior capacidad de los cuadros frenteamplistas para ejercer el poder que durante tanto tiempo se pregonó, en realidad, no es tal.
Sin embargo, no serán los numerosos líderes de opinión- compañeros de ruta del Frente Amplio los que publicitarán esta sencilla conclusión.
Así, la construcción de una alternativa creíble y posible al gobierno de izquierda precisa de la multiplicación de instancias culturales, sociales y académicas que digan lo que es evidente: el rey está desnudo.






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