Círculo vicioso

JUAN ORIBE STEMMER

En nuestra sociedad predomina un saludable consenso secular acerca del valor de la enseñanza como el medio óptimo para construir un país más justo, democrático y próspero. Pero, el actual sistema de la enseñanza no solamente no consigue aquellos nobles objetivos sino que, en realidad, actúa en contra de ellos.

El reciente Anuario Estadístico de la Educación muestra como disminuye la proporción de jóvenes que asisten a establecimientos educativos a medida que se pasa de un grupo de edades y de un grupo de ingresos a otro.

El 96,4% de todos los niños en el grupo de edades de 5 años asiste a un centro de enseñanza. Ese porcentaje es del 94,3% en el grupo de trece años (aunque esto significa una disminución respecto del año 2006, cuando esa proporción fue del 95,2%). A partir de esa edad comienza a mermar la proporción de jóvenes que asisten a centros de enseñanza. Mientras que el 82,6% de los jóvenes de 15 años estudian, ese porcentaje cae al 52,8% en el caso de los de 18 años y el 33,5% en el de los jóvenes de 22 años.

El panorama se torna aún más preocupante cuando se comprueba que la disminución de la asistencia está asociada a la posición económica de los hogares a los que pertenecen los jóvenes de cada una de aquellas generaciones.

En el caso de los hogares más pobres, la proporción de jóvenes que asisten a centros de enseñanza disminuye del 69,2% en el caso del grupo de 15 años, al 5,7% en el del grupo de 22 años. En contraste, en este último grupo de edades, los porcentajes de jóvenes que estudian son de 27,5% en el caso de los hogares del tercer quintil de ingresos, 42,1% en los del cuarto quintil y 68,2% en los del quinto quintil. Cuanto mayor el nivel de ingresos más elevado el nivel de estudios.

El nivel de ingresos del hogar determina el nivel de enseñanza al que acceden las nuevas generaciones. A su vez, esa mejor preparación influye sobre las posibilidades de los jóvenes de conseguir mejores niveles de vida. En lugar de haber construido un sistema que fomenta la justicia social y la igualdad de oportunidades, hemos instalado uno que tiene, aunque no sea deliberadamente, el efecto opuesto.

La enseñanza debe contribuir a la diaria tarea de construir una sociedad más justa, donde cada miembro tenga la libertad de progresar en la vida, de acuerdo a sus capacidades, talento y vocación, y de aportar al desarrollo económico del conjunto social.

Esos dos objetivos son interdependientes.

Un sistema de enseñanza que impulse la igualdad de oportunidades en libertad, también aportará al mejor aprovechamiento de la más valiosa de las materias primas de que dispone la nación: la materia gris de sus miembros. Y esa capacitación de las nuevas generaciones asegurará una mejor justicia social y el desarrollo económico. En cambio, un sistema que determina que una proporción sustancial de los jóvenes no estudie, no solamente es una fuente de injusticia social sino también un desperdicio de talentos y de vocaciones. Y, por lo tanto, es una causa del subdesarrollo.

"Un sistema de enseñanza debe impulsar la justicia social y el desarrollo.

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