María Julia Pou
Hace tres días en Punta del Este se repitió un episodio que más que desde el punto de vista social queremos analizar desde un ángulo político. En su casa el ex embajador americano Frank Baxter y su señora recibieron a una enorme cantidad de amigos uruguayos en una ya tradicional velada que congrega a gente de todos los rumbos. Interesa destacar que este amigo del Uruguay disfruta de sus vacaciones en una casa sin rejas, abierta a quien pase por allí y recibe a sus invitados con la misma calidez con que lo hace cualquier otro veraneante con sus amigos.
Hoy queremos destacar -ya finalizada su misión oficial en nuestro país- uno de los logros más importantes del amigo Baxter durante sus años al frente de la Embajada de los EE.UU. Le tocó desempeñar su tarea durante el primer gobierno de izquierda que tuvo el país y lo hizo de forma tal, que lo que antes hubiera sido impensable que ocurriera, sucedió: los integrantes del gobierno en su mayoría fueron recibidos en la residencia del Embajador, viajaron a los EE.UU con diversos objetivos, realizaron tareas en las que se relacionaron con el país norteño. Algo muy importante se logró en esos 5 años: los actores políticos de la izquierda se rindieron ante una evidencia: una cosa es el gobierno de un país y otra -más permanente- es su pueblo. Es decir, que desde el gobierno que a tan diferente mirada obliga al gobernante, se supo apreciar y diferenciar al Departamento de Estado y al pueblo de los EEUU. Y este cambio en las relaciones de la izquierda con la nación norteña se lo debemos a Frank Baxter, que con su temperamento conciliador, sus maneras amables y su inteligencia realizó quizás la tarea más importante de una larga lista: acercar a su país a quienes hasta su llegada persistían en adjudicarle al mismo una permanente maligna intención. La presencia reciente de notorios integrantes del gobierno actual en su casa nos dice que algo cambió para siempre. Y eso es bueno.
Una segunda circunstancia de ribetes destacados fue el simposio que la Universidad de Tel Aviv realizó en el Hotel Conrad con la invalorable participación de Carlos Alberto Montaner y Marcos Aguinis. La enorme concurrencia disfrutó de las inteligentes exposiciones de estos dos maestros que, preocupados como muchos por la creciente complejidad del conflicto en Medio Oriente, trasmitieron y explicaron el hilo conductor con que se teje la madeja en que finalmente se va enredando nuestro continente gracias a los designios descabellados de Chávez, la conformidad -¿o inspiración?- del inefable Fidel y la colaboración de otros países del Sur que, obnubilados por los petrodólares, anteponen su permanencia en el poder y la concreción del proyecto del llamado socialismo del siglo XXI. El resultado de este tejido de lealtades ideológicas es que no vacilan en asociarse con Irán, habilitando la presencia iraní en un continente donde nada tiene que hacer, aunque ello conlleve a negar el derecho de Israel a existir. Con gran solvencia Montaner y Aguinis advirtieron sobre los peligros que entraña el error que se comete cuando se intenta reconocer el estado palestino cuya existencia ni siquiera es una realidad.