JORGE ABBONDANZA
En Inglaterra se reabrió el Swan Theatre, la sala que funciona en la ciudad natal de Shakespeare -Stratford-upon-Avon- y que es la sede de la Royal Shakespeare Company. Ese elenco estable, fundado en 1961 y por lo tanto más joven que la Comedia Nacional uruguaya, ofrece en aquella sala de Stratford espectáculos montados como en la era isabelina, ya que el recinto respeta lo que era la planta de los teatros ingleses hace 400 años: base octogonal, escenario al centro del patio descubierto, tribunas en tres niveles para acomodar al público, todo ello de madera. Los trabajos de restauración del Swan Theatre duraron cuatro años y costaron algo más de 100 millones de libras, un costo que debería hacer reflexionar a quienes se quejaban en nuestro país del desembolso que exigió la reconstrucción del auditorio del Sodre.
Para demostrar que el gasto de los británicos valió la pena, las actividades de la Royal Shakespeare Company se reanudarán allí en febrero con una nueva puesta en escena de Rey Lear, la obra más monumental del poeta, a la que seguirá Romeo y Julieta. Se calcula que unos tres millones de personas visitan anualmente Stratford para ver algún estreno, de manera que la reapertura de la sala es por lo menos un acontecimiento a escala nacional, sin olvidar que también es un hecho trascendente de orden cultural. Curiosamente, entre los comentarios que el caso ha merecido en la prensa internacional, alguien dijo: "es probable que nunca se sepa exactamente cómo era una velada teatral en los tiempos de William Shakespeare". La afirmación es equivocada.
En realidad se sabe casi todo sobre la actividad escénica de la época, desde la razón para que las obras se dividieran en varios actos (había que cambiar las velas que iluminaban el espectáculo cuando era nocturno), hasta los trajes de segunda mano que los actores importantes compraban a miembros de la nobleza para vestirlos en escena, los honorarios que cobraba un escritor, la interrupción de la temporada cuando alguna epidemia caía sobre Londres o la integración de un público heterogéneo donde no faltaban prostitutas ni carteristas. Todos disfrutaban de la fiesta teatral, que era un hecho popular, bastante ruidoso y menos solemne de lo que pueden sospechar hoy los admiradores del autor. Incluso él no tenía el menor escrúpulo en firmar con su nombre una obra ajena que algún empresario le había encargado acortar, aligerar con toques de humor o dotar de mayor sonoridad dramática.
Ese espíritu -para nada ajeno a la índole comercial de aquel medio- no empaña el asombro de cualquier lector ante la prodigiosa sensibilidad del dramaturgo. Pero demuestra todo lo que se sabe hoy sobre el teatro de 1600.