Álvaro Casal
Si viajara a Londres, daría una vuelta por el barrio donde nació mi abuelo. Por Walcot Square, donde cierta vez un matrimonio me dio la bienvenida, sirviéndome una taza de té, como si fuera un vecino que regresa luego de ausentarse por largos períodos.
Casi tan largos como el lapso que William Tatlock demoró en ir hasta la India y luego al Río de la Plata.
A la vuelta de Walcot Square, está el "Imperial War Museum". Allí también haría una escala, para contemplar las novedades. No hace mucho, éstas estaban contenidas en una muestra dedicada a los servicios secretos y temas afines. En lugar de honor, había un artefacto que parecía una cruza entre máquina de escribir y viejo aparato de marcar tarjeta de entrada o salida en una fábrica. Se trataba de la máquina "Enigma", con la que los ingleses lograron descifrar las claves de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.
El largo tiempo que llevó descifrarlas, se contrapone a las realidades de hoy, cuando da la impresión que en un periquete, un tecladista de computadora puso al descubierto miles de mensajes secretos y de los otros, creando un mega-archivo de datos útiles e inútiles, bautizado "Wikileaks". Algo que por el momento desvela desde diplomáticos que creían que estaban protegidos por claves herméticas, hasta gobernantes que se sienten obligados a pedir disculpas a otros jefes de Estado, no tanto por lo que dijeron y oyeron sino porque todo eso quedó expuesto. Su consuelo debería ser que pronto este escándalo caerá en el olvido, ya que nuevos escándalos lo irán obliterando.
Vivimos en un mundo donde la información se desparrama tan ilimitada como insospechadamente, merced a la fotografía y el vídeo digital, el auge de la telefonía móvil, los e-mail y la navegación por una web que un día nos ayuda y al siguiente nos da una bofetada.
Cuesta imaginar qué elemento del espionaje de comienzos del siglo XXI podría encontrar lugar emblemático en el museo imperial de la guerra del futuro. Cuesta imaginar que nuestro tiempo pueda producir algo tan singular, tangible y útil como la "Enigma machine".
En especial porque los secretos se han desmoronado solos, por acción no de un patriota británico que durante largas sesiones de estudio trabajó solapadamente, sino por el toque mágico de un "hacker" actualmente procesado por la justicia británica y que parece bastante más apátrida que los personajes de la guerra al viejo estilo.
Todo lo cual lleva a un reencuentro con mi abuelo, ya que él tenía un privilegio, hoy negado a casi todos los que vivimos en el mundo civilizado del 2010.
Nosotros, vía teléfono celular, somos ubicables al instante, sea en una selva amazónica o en el desierto de Nubia. Nosotros, vía correo electrónico, podemos ser presionados a responder sin reflexión.
William, en cambio, podía darse un lujo que gracias al "progreso" no nos podemos dar.
Las cartas que recibía los viernes, las dejaba sobre una mesita de nogal, bajo un pisapapeles en forma de viejo botín, para leerlas tranquilamente el lunes próximo.