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Francisco Faig
Tendrá Olivera peso político para sancionar a aquellos que incumplieron con la esencialidad, cuando ya amenazó Adeom con que, si eso ocurre, ocupará el Palacio Municipal? ¿Puede sostenerse en el tiempo la autoridad de un gobierno que no es capaz de penar a 180 funcionarios que no respetaron la esencialidad?
A escasos nueve meses de instalada la nueva administración de izquierda, ¿será el recurso de la esencialidad aplicado a Montevideo, a los servicios nacionales de salud, y seguramente, prontamente, a los servicios financieros que han roto la cadena de pagos en el país, la forma de disciplinar al corporativismo vernáculo?
Y la pregunta que los variopintos analistas pro-izquierda jamás harán: por una formidable ironía de la Historia de los últimos cincuenta años, ¿terminará siendo Mujica el presidente democrático más parecido a Pacheco?
A pesar de ciertas señales de firmeza en estos días, el gobierno está lejos de haber doblado el brazo de los sindicatos. Ya entraron en acción los militares, pero no fueron remedio a la situación creada en Montevideo. Más bien resultó una suerte de escarmiento para la lógica sindical: una comunista también puede romper una huelga. Y lo cierto es que la basura sigue multiplicándose.
La izquierda, irresponsablemente, siempre azuzó a sus bases sindicales y sociales para debilitar a los partidos tradicionales en sus políticas públicas y facilitar así su llegada al poder. La tentación es grande de pensar ahora, con socarrona sonrisa, "que se arregle como pueda". Sin embargo, el tema es más grave: estamos en una encrucijada crucial para la izquierda, pero también para el país.
Si Mujica gana la pulseada, se abrirá, finalmente, un nuevo tiempo nacional. Se impondrá una madura izquierda gobernante con una posición de responsabilidad que la lleva, inexorablemente, a echar mano a las mismas herramientas represivas del poder que tanto y tan vilmente denostó durante décadas, cuando fueron utilizadas por los partidos tradicionales.
La izquierda adolescente quedará huérfana de liderazgos, disminuida electoralmente, envenenada en su terquedad, aplastada por la modernidad, convencida de su ciega razón y sangrando por la herida del reclamo corporativo frustrado.
Pero Mujica, que ya se dio cuenta que empezó a transpirar autoridad a lo Pacheco, también puede perder.
En tal caso, ni los partidos tradicionales, ni la izquierda moderada, ni los tupamaros habrán podido vencer la hidra de siete cabezas corporativista que impide el desarrollo del país con su nostalgia sesentista patológica, su legitimación izquierdista autorreferencial, y sus reclamos disparatados que ningún gobierno puede aceptar.
Si como sociedad no vencemos la adeomización de las cabezas, nos convertiremos en una estancada Albania sudamericana apenas cambie el viento internacional que sustenta nuestra excepcional bonanza económica.
Eso sí: todos aquí seguirán justificándose, religiosamente, con "Las venas abiertas de América Latina". Los menos, como siempre, emigrarán.







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