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Francisco Faig
Terminó la peregrinación blanca por todo el país. Mucho ruido previo de exigencia de participación y debate interno; pocas nueces luego, aunque con enriquecedoras propuestas de renovación.
Vivimos un momento histórico. Un crecimiento sostenido excepcional; una hegemonía política y cultural de izquierda contundente; una estructura de partidos afirmada y distinta a la del siglo XX, sobre fondo de fragmentación social.
Cuando en los años veinte Luis Alberto de Herrera modernizó al Partido Nacional, se enfrentó a un escenario parecido en hegemonía y desarrollo del Estado colorado. Pero la identidad partidaria, forjada en cercanas batallas que daban un sentido evidente al ser blanco, se extendía sin problemas en todo el tejido social.
La tentación rupturista, que termina con la salida de los blancos radicales y con la gravísima división partidaria de los años treinta, no generó una tercera opción de gobierno.
Las reglas electorales no lo facilitaban y, lo más importante, la alternativa al gobierno batllista jacobino era, sustancialmente, el modelo liberal del Partido Nacional (en sus versiones herrerista o independiente).
El panorama es distinto hoy. El Partido Nacional no tiene el monopolio de la oposición. Pero además, la acción de Mujica (de origen político herrerista) responde a veces a cierto pensamiento que todavía seduce a algunos blancos: cierto populismo a la Erro emparentado con la visión económica del mundo a la Trías, suma- do a un latinoamericanismo metholista.
El ejemplo más claro y reciente es el episodio Unasur. Creer que la propuesta nacionalista del siglo XXI es identificarse con una integración su-damericana, es caer en un ideologismo sesentista romántico, de identidad mochilero-adolescente, abúlico y bucólico.
¿Qué provecho sacaremos de una mayor integración política-filosófica-identitaria con Bolivia, Paraguay, Ecuador, Argentina o Venezuela?
Son, por supuesto, hermanos y vecinos, con los que conviene tener los mejores lazos comerciales y económicos. Pero no son modelos de democracia, de tolerancia, de apertura, ni de inteligencia política colectiva puesta al servicio de la igualdad republicana y de la libertad individual.
Nuestro mejor futuro no está en la pulsión latinoamericanista del charango, sino en la apertura al mundo desde el interés nacional, como lo muestra el ejemplo de Chile.
El país precisa de un Partido Nacional republicano, liberal y de nacionalismo cívico y moderno que construya la alternativa a la izquierda. Que reivindique a Azzini y deje de lado la estéril tradición cepalina.
Que reivindique las reformas de los noventa y no compre el discurso social académico-frenteamplista. Que acepte los cambios de posicionamiento de todos los partidos y entienda que el país, siempre, tuvo dos modelos distintos a seguir (y no tres).
Si nosotros dudamos, otro vendrá a ocupar el espacio de la alteridad a la izquierda y nos correrá hacia un lugar borroso, folclórico, rural, de identidades pasadas y progresivamente periférico.



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