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JUAN MARTíN POSADAS
Las caprichosas vueltas de la vida han hecho coincidir por estas fechas dos acontecimientos: la elección de Dilma Roussef a la Presidencia de Brasil y el entierro del ex Presidente de Argentina Néstor Kirchner. Las coincidencias no son solamente de fecha. Ambos casos nos muestran sendos países en los cuales los Presidentes salientes colocaron a sus sucesores en base a transfusiones de votos, poder y prestigio. En los dos casos fueron mujeres las receptoras de la transfusión.
Una observación atenta revela coincidencias asaz llamativas. El gobierno de Cristina Fernández fue, hasta el miércoles pasado, un cogobierno. Néstor Kirchner no abandonó nunca las riendas. Mantuvo la conducción de aquella fuerza política que sostenía a su gobierno y que siguió sosteniendo al de Cristina Fernández. Fuerza política que, en Argentina, es el peronismo, en su versión central y fuerza sindical, la CGT.
Kirchner tenía títulos que no ejercía, como la secretaría General de la UNASUR o la banca de diputado por Buenos Aires, y ejercía sin títulos el poder al costado de su mujer. Nada se hacía contra su opinión y se hacía casi todo lo que él quería. Tenía su propia gente en cargos clave como Moreno en INDEC, De Vido en el centro del gabinete y muchos otros. Bueno, tenía su gente en el sillón de Rivadavia. El poder circulaba por sus manos directamente, sin mediación institucional.
Lula no puso a su mujer pero la mujer que, según todo lo indica, será Presidente de Brasil a partir de hoy es puesta por él. Dilma Roussef es hechura suya: no se había presentado nunca a una elección, no era de las figuras principales del PT pero es ella a quien Lula quería poner en la Presidencia y usó toda la popularidad ganada en 8 años de gobierno y toda la estructura político sindical armada por él durante treinta años para conseguir su propósito.
Del Brasil recibimos menos noticias que de Argentina; sabemos menos. Eso, sumado a que el estilo brasileño es menos frontal -más samba que tango- nos induce a confusión: Lula revoleó su poder personal para mandar igual que Kirchner. Destrató a sus adversarios y benefició copiosamente a sus amigos, retiró colaboradores corruptos sólo cuando el escándalo devino mayúsculo y le echó la culpa a la prensa cuando ésta reveló las tropelías. No recibió valijas venezolanas con 800.000 dólares, es cierto, pero pagó en contante y sonante el voto de diputados opositores (escándalo del "mensalao").
Lula también va a procurar que no se le descarrile la persona que con el 100% de votos suyos (de Lula) llegó a la Presidencia. Él, como Kirchner, como algunos otros Presidentes de nuestro dolido continente, se consideran indispensables, superiores por naturaleza a todos los que hubo antes y los que vendrán después. Nunca admitirán ser ex de nada y menos ex Presidente.
La íntima y honorable satisfacción republicana de pasar a ser un ciudadano de a pie después de haberse levantado del sillón presidencial les es incomprensible e inasible. Al contrario. Temen como a la más injusta de las desgracias el día en que se empiece a notar que la gente ya no hace mayores esfuerzos por acercárseles o por ser vista junto a ellos.










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