JORGE ABBONDANZA
En las escenas finales de La ceremonia (1995) la sirvienta analfabeta Sandrine Bonnaire y la atorranta empleada de correo Isabelle Huppert empuñaban una carabina y mataban a balazos a toda una familia burguesa mientras esa gente desprevenida escuchaba una ópera de Mozart. Esa carnicería era una suerte de ritual salvaje, un horroroso ajuste de cuentas cometido por los pobres contra los ricos, una advertencia sobre los rencores que pueden cobijarse en el ánimo de los seres desposeídos y los espíritus simples cuando se sienten víctimas de postergaciones o desaires. Es difícil que los otros perciban ese envenenamiento silencioso que va incubándose hasta que explota en una culminación trágica como la de aquella película difícil de borrar.
Para este cronista, La ceremonia fue la obra maestra del director Claude Chabrol, que murió en estos días a los 80 años después de una carrera de medio siglo. Allí frecuentó los temas de sesgo criminal en donde inscribió un ácido comentario sobre los dobleces de la sociedad y las capas ocultas de una moral que muestra cierta cara pero disimula otra. Algo similar ocurría en Une affaire de femmes, que fue otra de sus crónicas sobre entretelones poco confesables de conducta, basada en un caso real sobre la pobre mujer que hace abortos clandestinos en la Francia ocupada por los alemanes durante los años 40, ejerciendo un oficio secreto en medio de tantos otros secretos impuestos por la circunstancia política.
Allí tenía uno de los grandes papeles de su trayectoria la hierática Isabelle Huppert, actriz predilecta de Chabrol (No va más, Gracias por el chocolate), único ejemplar que ha podido manifestar la espesura de un drama o la complejidad de un personaje sin gestos visibles. Claro que en La ceremonia, esa mujer sabía componer a una muchacha canallesca con una franqueza casi brutal, capaz de desarmar al espectador y también a Jacqueline Bisset y Jean-Pierre Cassel, que finalmente caían bajo sus disparos, luego de lo cual ella posaba con su carabina como un cazador que ha cobrado sus presas. Pero Chabrol, que en el fondo era un sombrío humorista, se complació en jugar con historias un poco siniestras sobre una burguesía francesa empeñada en simular lo que no era o en tapar las culpas que tenía bien guardadas.
A lo largo de su carrera fue un director muy irregular, con ejercicios acertados y otros intentos fallidos, subiendo y bajando en una gráfica de poco rigor y mucha intuición. Pero siempre produjo el efecto de un talento natural, enamorado del cine y complacido en filmar lo que le gustaba, saliendo bien o mal de cada trance, en lo que cabe definir como la vida de un realizador feliz, dedicado a sus placeres dramáticos tal cual conviene al libre desempeño de una vocación.