GUILLERMO ZAPIOLA
La perdurable violencia política irlandesa y el morbo de los "reality shows" son los temas subyacentes de "Cinco minutos de gloria", película protagonizada por Liam Neeson que llega el próximo viernes.
El título ironiza con la fama televisiva, que un conocido adagio divulgado por Andy Warhol ha reducido, como se sabe, a quince minutos. Esta película dirigida por Oliver Hirschbiegel (el autor de la wagneriana La caída) achica todavía a una tercera parte ese tiempo. El tema, que podría ambientarse en cualquier país que haya soportado un proceso de violencia y represión (digamos Uruguay), se centra en el reencuentro entre un terrorista y su víctima, o más exactamente el hermano de esta última.
Han pasado treinta años desde que un integrante de las Fuerzas de Voluntarios del Ulster (Irlanda del Norte) baleara en la cabeza a un activista independentista y católico de 16 años. El asesino (Liam Neeson) ha cumplido una larga condena en prisión y ha salido de ella, y a los productores de un programa de televisión no se les ocurre una mejor idea que reunirlo ante cámaras con el hermano (James Nesbitt) del joven a quien mató, para que cada uno explique sus razones y (esperan) pueda llegarse a un gesto de reconciliación, por ejemplo un apretón de manos que garantice un alto puntaje en el `rating`. Esos cinco minutos de fama o de gloria sacan a relucir empero tensiones reprimidas, y el desenlace puede resultar imprevisible y dramático. Las intenciones del hermano del muerto no incluyen empero la reconciliación, sino la venganza. El `rating` puede ser todavía más alto, claro.
Quienes han visto ya el film han señalado que su estructura narrativa apela a una serie de `flashbacks` que recuperan la tragedia ocurrida en 1975: el deseo de un joven "legitimista" de matar a su primer católico, el crimen mismo, los efectos que ese acto tiene no solamente en la conciencia del asesino sino también en el hermano menor del asesinado, testigo de los hechos. Se ha llegado ha decir que el primer tercio posee la contundencia del mejor Ken Loach, o del Paul Greengrass de Domingo sangriento (2002), que igualmente se han ocupado de la violencia irlandesa (en el film de Greengrass también actuaba James Nesbitt, incidentalmente). El personaje del asesino es interpretado en su juventud por Mark David, a quien el paso del tiempo convertirá en el veterano Neeson. A su alrededor, el director Hirschbiegel y su guionista Guy Hibbert (un hombre con abundante trayectoria en la televisión británica) levantan el cuadro de una Irlanda bañada en sangre por los atentados del IRA y los enfrentamientos entre protestantes y católicos.
De ahí en adelante se ocupan, sobre todo, de describir el carácter de sus dos principales antagonistas, primero por separado, luego en el enfrentamiento final. La declarada intención de los realizadores ha sido evitar la simplificación. El asesino Neeson es mostrado, según se ha dicho, como un individuo ideológicamente estructurado, que no se arrepiente de su acción pero que es perseguido por su recuerdo. Y Nesbitt tampoco aparece pintado de manera monocolor. La tragedia juvenil también lo persigue, ha debido soportar la acusación (por parte de su madre) de no haber hecho lo suficiente para salvar la vida de la víctima, está obsesionado por la personalidad del criminal y padece arranques de violencia familiar.
Liam Neeson, que es irlandés y que ha intervenido en algún otro drama sobre la violencia política en su país (Michael Collins, el precio de la libertad, 1996), dice que entiende a su personaje, y casi que lo conoció. "Pude ver la atracción de unirse a alguno de esos grupos violentos. Yo tuve la suerte de estar demasiado ocupado con la escuela y con el boxeo amateur. Pero en Belfast y en otros lugares de Irlanda del Norte conocí a muchachos que sucumbían a la fascinación del grupo. Protestantes y católicos que `hacían cosas`. Y algunos de ellos están muertos".
El film obtuvo los premios a mejor dirección y mejor libreto en el festival de Sundance 2009, y el Ifta (el equivalente irlandés del Oscar o del Bafta) a mejor drama de ese mismo año.
Maneras de romper una espiral de sangre
El director Oliver Hirschbiegel, que es alemán, ha explicado las razones que lo llevaron a interesarse en el tema irlandés y a realizar Cinco minutos de gloria. Recuerda que el conflicto no está totalmente resuelto (para muchos nativos, lo estará recién cuando Irlanda del Norte se separe definitivamente de Gran Bretaña), pero elogia el modo como los irlandeses han logrado terminar con un círculo de violencia que duró siglos. "Ocurren muchas atrocidades a lo largo y ancho del mundo, y esta película es un buen ejemplo de cómo lidiar con lo que sucede, con los efectos de la violencia, con lo que pasa por la cabeza de una persona que comete un crimen, y el efecto que ello tiene sobre las víctimas y los familiares", señala el director, quien ya explorara las consecuencias de la pesadilla nazi en La caída.