LEONARDO GUZMÁN
Nosotros no respetamos los derechos humanos: respetamos la dignidad humana, que es más amplia que los derechos humanos y los contiene": tal lo que recogió e hizo suyo el Ministro del Interior Eduardo Bonomi en el foro sobre Criminología que organizó la Universidad de la Empresa.
El concepto no merece pasar inadvertido. La ciudadanía se halla en estado de asamblea y no debe perder ninguna luz dispersa que pueda alumbrar sendas que lleven a un rumbo común. Universalizados por la Declaración francesa (1789) y la Declaración Universal de las Naciones Unidas (1948) como Derechos del Hombre, allá por 1953 la ONU resolvió llamarlos "derechos humanos" para abarcar a ambos sexos. Pero el adjetivo "humanos" hizo perder de vista que lo sub-stantivo -es decir, lo que está debajo y sostiene- a los "derechos" es el hombre -en el sentido latino de "homo", que comprende hombre y mujer-, con el cual nacen y de cuyo ser derivan.
De hecho, hoy se menciona a los derechos humanos más como una emanación sociológica o un estatuto que como vibraciones llamadas a renacer en cada encuentro con un semejante: a veces, para realizarse; otras, para convertirse en clamor y llamarada.
Por eso, esta invocación ministerial a la dignidad del hombre como valor más amplio que los derechos tiene el grato sabor de un regreso a las fuentes. No radican ellas en el último figurín sociológico sino en el concepto del hombre que trabajosamente se abrió camino desde que, hace 25 siglos, Sócrates, para buscar la verdad, acuñó un método de diálogo al que llamó mayéutico porque se asemeja a la "maieutiké", arte de hacer parir.
La dignidad del hombre finca en que, situado entre infinitos de pequeñez y grandeza, es el único ser que tiene conciencia de ello -enseñó Pascal en el siglo XVII. La dignidad radica en que cada uno es un fin en sí mismo, proclamó Kant a fines del siglo XVIII. La dignidad se asienta en la conciencia individual y colectiva de que cada persona es irremplazable e irrepetible, definió Frankl al sobrevivir a los campos nazis.
Pero antes y más allá de las doctrinas, en las angustias del abogado y el juez, en la intemperie del policía, en el dolor de víctimas y deudos y hasta en los sufrimientos en las cárceles, la conciencia de la dignidad debe revivirnos a cada rato: como un dato primario, anterior a las reglas, que nos impulsa a elevarnos por sobre los hechos crudos y a responder a ellos por actos creadores del espíritu.
Es bueno que lo diga quien, tras una vida de fracturas y aprendizaje, ejerce el Ministerio de la libertad y el orden. Afirmar la dignidad nos remite a todos a la responsabilidad y nos convoca a la autoexigencia, desguazadas ambas por los diversos materialismos deterministas que arramblaron con nuestra convivencia y terminaron justificando cualquier cosa.
Si recuperamos la conciencia de la dignidad, hemos de ascendernos a sentimientos normativos, imprescindibles para que el Uruguay crezca moral y económicamente desde su entraña cultural. Y si no, seguiremos buscando que el Estado y los gobiernos construyan el clima de grandeza que sólo depende de nosotros mismos.