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Opacado por los desquicios políticos y el clima de enfrentamiento, en Argentina hoy se procesa un debate público de sumo interés. Es el que vienen manteniendo a través de la prensa el llamado "rey de la soja", Gustavo Grobocopatel, con un sector de intelectuales que ven en ese "yuyo" (como dijera la presidenta Fernández) la raíz de todos los males. Y el debate es útil para Uruguay ya que, a escala menor, muchos de los preconceptos hacia ese cultivo en principio, pero en general hacia esta "nueva agricultura", están también latentes en el país.
La primera carta pública escrita por el directivo de "Los Grobo", gigante agroindustrial que maneja más de 280 mil hectáreas en Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay, se centra en las enormes posibilidades que la economía global de hoy brinda a nuestros países. Sostiene que el crecimiento de China, que tiene grandes complementariedades con la región, "brinda la oportunidad de crear un siglo de oro" para estos países productores de alimentos. Y no sólo para exportarlos en bruto. La tesis de Grobocopatel es que los países del Mercosur deberían apostar a aplicar mayor valor agregado a esos productos ("transformar la soja en pollo, cerdos, o derivados lácteos"), y hasta usarlos como arma de presión a la hora de negociar acceso a mercados y precios. Para ello, sostiene, es clave "una convergencia entre los países del sur de América", que a futuro tendrán "el rol de contribuir con más del 50% de la oferta de alimentos". Como dice el empresario "las proteínas pueden ser nuestra mejor arma de negociación ante el mundo".
El debate tampoco ha rehuido a los tópicos habituales que marcan la crítica a esta nueva forma de trabajo rural. Se la acusa de generar un campo sin gente, ya que se necesita mucho menos mano de obra, y de ser agresiva con el medio ambiente, porque se basa en el uso de variedades transgénicas y la aplicación del glifosato, potente herbicida que es señalado como altamente contaminante. Sobre esto, Grobocopatel no huye el debate, y señala que es absurdo culpar al glifosato por la contaminación de las napas de agua, ya que se destruye al tocar el suelo (algunos sostienen que el problema son los componentes con los que se lo mezcla), y que con la llegada de la siembra directa, se ha frenado el proceso de erosión. Además, que mucha de la crítica a los cultivos transgénicos tiene base en la guerra comercial y las barreras paraarancelarias que impone Europa, algo que en los últimos tiempos parece estar quedando superado.
Pero hay un punto esencial en la argumentación que hace Grobocopatel, y que tiene vinculación con ese concepto tan romántico como difuso utilizado por algunos jerarcas uruguayos de "agricultura familiar". Afirma que "yo recuerdo a mi abuelo y sus vecinos trabajando en el campo, un esfuerzo enorme, con condiciones de vida hoy inaceptables, y donde la movilidad social era mucho más lenta". "La nueva agricultura, con campesinos transformados en emprendedores, en proveedores de servicios, con hijos en las universidades o escuelas técnicas, con condiciones de trabajo calificadas, es lo mejor para toda la sociedad".
Como era de esperar, las palabras del gigante sojero despertaron duras críticas de parte de intelectuales afines al gobierno kirchnerista. Ante esto, Grobocopatel sostuvo algo que podría trasladarse perfectamente a Uruguay. "En nuestro país el éxito está mal visto, los empresarios son permanentemente degradados, los emprendedores no tienen ganancias suficientes porque la presión impositiva es grande. La sociedad debería estimular el desarrollo de un empresariado fuerte, grande e integrado al mundo, que gane dinero y que reinvierta sus utilidades".
Por encima de estos conceptos, hay algo muy positivo que se desprende de las palabras de Grobocopatel, sus actos, al hundirse en una discusión de esta naturaleza, algo tan poco común en el empresariado regional, que tiende a preferir el bajo perfil y a rehuir la polémica. Es más, en las contadas ocasiones que algún representante del mundo empresarial accede a algún intercambio público de este tipo, se nota que lo hace a disgusto, en forma liviana y hasta con cierto sentimiento de culpa. En tiempos en que se habla de una "batalla cultural" para cambiar la idiosincrasia estatista y poco emprendedora del uruguayo, sería muy constructivo que en nuestro país muchos siguieran su ejemplo.







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