CLAUDIO FANTINI
Una sensación de "déjá vu" le produjo al mundo que Obama anunciara esta semana lo que Bush ya había anunciado en mayo del 2003, aterrizando sobre el portaaviones Abraham Lincoln y diciendo "misión cumplida". De ese modo ciertamente poco sobrio, aquel presidente proclamó el fin de la guerra en Irak, pero a renglón seguido Fallujah se convirtió en una trampa mortal; apareció el concepto geográfico-geométrico del "triángulo sunita"; la voladura de la mezquita dorada de Samarra desató la guerra interétnica; el sicópata jordano Abú Mussab al-Zarqawi implantó Al Qaeda; el indómito Muqtad al-Sadr creó el Jaish al-Mahdi y abrió un conflicto entre chiitas, y las "bombas de carretera" diezmaron marines de a centenares.
¿Por qué continuó, agravada, la guerra que Bush había terminado? Porque el jefe del Pentágono Donald Rumsfeld y su enviado a Bagdad, Paul Bremer, habían cometido dos errores graves: desmantelar el ejército iraquí y echar de la administración pública a los baasistas. Sin Saddam y sus dos bestiales hijos, Uday y Qusay, el ejército dejaba de ser un aparato criminal sunita y, por su estructura y presencia en todo el país, podía cumplir la doble función de aportar a la unidad territorial y al orden interno. Pero al desmantelarlo, lo que se logró fue crear una enorme masa de desocupados con armas, que saquearon arsenales y formaron milicias. A eso se sumó la masa de desocupados baasistas, en la calle y con mucho resentimiento.
Los generales Petraeus y McChristal lograron, finalmente, controlar el caos al punto de que hoy, a diferencia de Afganistán donde los talibanes pueden tomar el poder si se va la OTAN, ningún grupo violento iraquí está en condiciones de controlar el país.
Por eso es lógica la decisión de Obama de poner fin a las operaciones de combate en Irak, para fortalecer las fuerzas en el complicado escenario afgano. No obstante, esas fuerzas que no pueden tomar el poder en Irak, sí pueden seguir buscando, mediante atentados, detonar otra guerra interét-nica cuyo mayor riesgo es la desintegración territorial. Y si Irak se divide hay peligros externos e internos. El peligro externo es un "efecto big bang" por el cual un Kurdistán independiente en el norte agite el independentismo kurdo en el noroeste de Irán, el sur de Turquía y el noreste de Siria; mientras que un estado chiita en el sur alentaría el separatismo chiita en la región saudita del Dahram.
Mientras ese big bang sacude la región, en el interior del territorio sunita habría masacres y deportaciones de chiitas; mientras que en el norte y en el sur, kurdos y chiitas harían lo mismo con los suníes, además de perseguir a los caldeos, asirios y siríacos, por ser cristianos y por haber sido colaboracionistas del brutal régimen baasista.