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Luciano Alvarez
En la esquina de Canning y Ricaldoni, un pequeño muro curvo protege una discreta placa en homenaje a Raoul Wallenberg. Una fundación internacional lleva su nombre y se han erigido monumentos en su homenaje: frente a la sede de la ONU, en Buenos Aires, en Israel y en Hungría; una reducida bibliografía, publicada fundamentalmente entre 1980 y 1995, refiere su peripecia. Menos suerte ha tenido en el cine, apenas se han ocupado de él una miniserie para televisión (Wallenberg: A Hero`s Story, USA, 1985), una ficción húngara (Találkozások, 1990) y tres o cuatro documentales.
Quizás la razón de tales reticencias pueda justificarse porque la historia de Raoul Wallenberg -a diferencia de la de Oskar Schindler- supera lo verosímil y consecuentemente -ya lo decía Aristóteles- cuando se narra "es necesario preferir lo imposible que es verosímil a lo posible que es increíble" y lo reafirmaba, en el siglo XVII, Bussy-Rabutin cuando decía que: "la extravagancia es un privilegio de la realidad".
Raoul Wallenberg nació el 4 de agosto de 1912 en Suecia. Le precedían varias generaciones de financistas, industriales, diplomáticos y estadistas. No conoció a su padre, oficial de la marina, quien murió de cáncer cuando el pequeño tenía tres meses; su madre María Sofía Wising se casó en 1918 con Frederick von Dardel, quien cumplió su oficio de padre adoptivo con la mayor devoción. El joven Wallenberg no tenía veinte años cuando cruzó el mar para estudiar arquitectura en la Universidad de Míchigan; se graduó en 1935.
Sin embargo, volvió al redil familiar de los negocios. Se instaló brevemente en Ciudad del Cabo (Sudáfrica), donde vendió materiales de construcción para una compañía sueca, luego trabajó para el Banco Holandés en Haifa (Palestina) y en menos de un año estaba de regreso en Suecia. Conoció a Koloman Lauer, un judío húngaro, propietario de una empresa de importación y exportación de productos alimenticios. Su capacidad comerciante y su dominio de varios idiomas le llevaron en poco tiempo al puesto de gerente internacional de la empresa.
Cuando estalló la guerra, en 1939, Suecia mantuvo su neutralidad y una significativa corriente comercial con Alemania. Wallenberg recorrió Alemania y toda la Europa ocupada, haciendo negocios. También estuvo varias veces en Hungría.
Desde 1920, ese país estaba dirigido de manera autocrática por "Su Alteza Serenísima el Regente del Reino de Hungría", Miklós Horthy, un personaje singular que era Almirante en un país que ya no tenía salida al mar, y regente en un reino sin rey, puesto que él mismo, si bien había restaurado la monarquía, se negó a poner en el trono al ex emperador Carlos, rey de Hungría.
Hasta 1944, Hungría, aliado de la Alemania nazi, fue un lugar relativamente seguro para los judíos, una comunidad cercana al medio millón de personas, la mayor parte de los cuales vivían en las ciudades. En Budapest y sus alrededores constituían casi el 20% de su población, el 54% de los médicos, el 49% de los abogados, el 30% de los ingenieros y el 40% de comerciantes y financieros. Eran demasiado importantes para prescindir de ellos, aun para un declarado antisemita como Horthy. Aunque sus condiciones de vida fueron agraviadas por sucesivas restricciones, no se llegó a la persecución física. Incluso miles de judíos del Reich y territorios ocupados se refugiaron en Hungría.
Al estallar la guerra, Horthy maniobró para obtener algunas ventajas de los nazis, pero manteniendo una cada vez más difícil neutralidad, que duró hasta 1941, cuando envió tropas contra la Unión Soviética, prácticamente aniquiladas cuando la ofensiva rusa del invierno de 1942-1943. "Su Alteza Serenísima el Regente", volvió su mirada hacia los Aliados y les propuso, secretamente, rendirse. Pero, el 19 de marzo de 1944 Hitler forzó a Horthy a nombrar un primer ministro pro nazi (Döme Sztójay) y las tropas alemanas entraron en Hungría. Con ellas venía Adolf Eichmann, jefe de la Unidad de Acción Especial, encargado de enviar a los judíos a los campos de exterminio.
Entre el 14 de mayo y el 8 de julio de 1944, cuando el gobierno de Horthy logró suspender las operaciones momentáneamente, los trenes de la muerte se llevaron a unos 600 mil deportados.
Al mismo tiempo entró en acción un grupo de diplomáticos de países neutrales. Entre ellos se destacaron Per Anger, segundo secretario de la embajada sueca, Ángel Sanz-Briz, encargado de negocios de la embajada española y Carl Lutz vicecónsul suizo. Los tres habían llegado a Budapest en 1942, lo que les había permitido tejer una amplia red de relaciones.
También debe incluirse en este grupo a Giorgio Perlasca un comerciante italiano, ex combatiente fascista italiano, refugiado en la embajada española que se haría pasar como cónsul español en Hungría durante el invierno de 1944, colaborando activamente en las tareas de rescate de los judíos.
Aparentemente fue Per Anger el autor de una idea tan extraña como eficaz. Se trataba de que las embajadas, o mejor dicho esos funcionarios, expidieran pasaportes provisionales de ciudadanía, con el fin de evitar el arresto de los portadores e incluso de exceptuarlos de la obligación de portar la Estrella de David.
En Suecia, mientras tanto, el Congreso Mundial Judío celebraba una reunión. También participó el Consejo de Refugiados de Guerra (WRB), creado en 1944 en los Estados Unidos. Fue Koloman Lauer quien sostuvo que Raoul Wallenberg era el hombre indicado para la misión de liderar el rescate: era astuto, inteligente, enérgico, valiente y tenaz. Además, conocía muy bien tanto a Hungría como a los alemanes.
Tenía 31 años, cuando fue designado Primer Secretario de la misión diplomática sueca en Budapest; era el 9 de julio de 1944. Aunque "los detalles técnicos tomarían unos días", Eichmann se había propuesto deportar al resto de la población judía de Budapest. Durante cinco meses, Raoul Wallenberg lideraría un grupo de héroes que salvaron la vida de más de 100.000 judíos.










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