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Aníbal Durán Hontou
Las cifras sobre pobreza e indigencia aparentemente tienden a bajar, pero todavía son muchos los compatriotas que viven inmersos en aquellas.
Informes de El País y Búsqueda dan cuenta que en la administración Vázquez, la pobreza bajó de 39% a 21% (hoy hay 700.000 pobres, aproximadamente).
Y los indigentes pasaron de 2.7% a 1.6% en 2009 (de 90.000 a 54.000 personas).
Sin duda, una de las características de una sociedad justa es su tratamiento sobre los pobres.
No siempre es sencillo, para quienes no son pobres, el hacerlo de manera correcta.
Como sociedad ¿encaramos con seriedad el tema? ¿Nos compadecemos de ello? ¿Somos hipócritas?
Hay diversos tipos de pobreza. La pobreza en el mundo desarrollado y la pobreza en países que no lo son.
Los problemas de los pobres del tercer mundo, en términos generales están vinculados al mero sobrevivir, a la ocupación esencial de obtener agua y comida.
Es una vida, muchas veces, en los márgenes de la existencia, una lucha dura e inmisericorde, dedicada solo al momento presente y con lugar solamente para un sentimiento, visto de las dos caras: la esperanza y la desesperanza.
La pobreza del mundo desarrollado es relativa aunque no menos dolorosa por serlo.
Aquello de Séneca de que "el hombre pobre no es aquel que tiene poco, sino aquel que anhela más" podría aplicarse aquí.
En las sociedades desarrolladas, las posibilidades que ofrece la vida (y no solo me refiero a bienes materiales) como la de poder ir a un restaurante o tomarse unas vacaciones, es equivalente al estatus, a tener una membresía en la sociedad, a tener un lugar y una voz. Sin estas cosas, uno es dejado de lado.
Desde ya que la pobreza no es un virus o un accidente. Es una creación del hombre.
La riqueza del mundo está distribuida de una manera desigual, sin reflejar el verdadero valor: como por ejemplo, que un director de una compañía gane más que varias enfermeras juntas, o que un portero de un ente (viniendo a nuestro país) gane más que un policía o un maestro.
Sin duda, las razones morales para aliviar las dificultades de la pobreza, hablan por sí mismas, pero sin duda también, las razones pragmáticas para hacerlo tienen más probabilidades de convencer a los que tienen un buen pasar.
Decía el británico Winthrop que los pobres deben ser tratados con liberalidad, "para que la mendicidad no se transforme en mendacidad, ni el deseo exasperado en crimen".
El lazo entre la pobreza por un lado y el descontento social, el resentimiento, el crimen, entre otros ejemplos, por otro, es obvio; pero no es el simple hecho de la privación, sino el sentido de exclusión y de injusticia que crece de ésta el que lleva a la gente a asumir conductas antisociales.
Obviamente, la emigración por un lado y el fracaso del sistema educativo por otro (las pruebas PISA dicen que el 45% de los estudiantes uruguayos no tiene las destrezas mínimas para insertarse en la sociedad), está determinando, entre otras razones, que tengamos una sociedad cada vez más fragmentada, con pobres y no pobres en marcada dicotomía.
Según datos del Ec. Talvi, en 1985, un 82% de la sociedad sostenía valores de clase media, esto es, que la posición en la vida depende del esfuerzo personal, la educación, el ahorro, el trabajo. Hoy ese porcentaje es menor al 60%.
Asimismo en 1985, el 16% de la población se ubicaba en el grupo de excluidos (la posición en la vida no depende del esfuerzo personal, las posibilidades de ascenso son escasas, dependen de programas asistenciales), hoy está en el 32%.
La sociedad se va dividiendo peligrosamente y la ineficiencia del sistema educativo, que mucho tiene que ver con la pobreza, debería ser un tema de debate diario, sin rasgarnos tanto las vestiduras y sin posturas demagógicas.
Existe un fenómeno de la infantilización de la pobreza, ostensible y palmario; precisamente por ser tan manifiesto, nos puede llevar a que lo incorporemos "al paisaje" y con él convivamos. Y tan campantes…
Hay que combatir el ocio. El ocio puede ser mejor que el trabajo si fuera también una vida de actividad, si diera la oportunidad de trabajar por fines más nobles.
El mero hecho de no hacer nada, pasado el tiempo, es una carga.
Muchos de nuestros pobres e indigentes, tienen ocio.
La ausencia de ocupación no es descanso; una mente vacía es una mente angustiada.
Contra esas "mentes vacías" es la lucha, que debe constituirse en frontal, cotidiana, impostergable.










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