Alexander laluz
Mezclas, contrastes, exuberancia, y ni un lugar para "otro alfiler más". Así fue: Lila Downs pasó este lunes por Montevideo como un torbellino oaxaqueño y, literalmente, dejó sin aliento a un repleto Cine Plaza.
Fue una presentación varias veces anunciada y otras tantas veces postergada. Al final, el ciclo se cerró: la artista mexicana llegó a nuestro país con su banda, un repertorio que recorrió prácticamente toda su obra discográfica, y un planteo musical y escénico que convirtió al show en un espacio festivo.
Para muchos fue un descubrimiento. Para otros, la oportunidad de ver por primera vez en vivo, a metros de su butaca, el derroche de vitalidad de esta mujer, madre e inteligente conjuradora de los misterios de la diversidad cultural, que conocieron a través de discos y DVD que han circulado de mano en mano, de oído a oído.
Desde su ingreso al escenario, no hubo cuerpo, manos, piernas que no intentaran ser parte directa de Agua de rosas, Dignificada, La cucaracha o La llorona, Arenita azul. No era necesario razonarlo demasiado. Tampoco importaba si el texto cantado era desconocido, en inglés, o surtido de regionalismos. La indiferencia o la distancia eran imposibles.
El mérito de esta celebrativo, sin embargo, no fue exclusivamente mérito de ella, sino de la enérgica fusión de su voz y su cuerpo en constante movimiento con los siete virtuosos músicos de la banda.
"Se conocían de memoria", comentó alguien en la platea. Cierto: bastaba una mirada apenas, un mínimo gesto, para que todos, banda y cantante, coincidieran en cada detalle de un arreglo, el momento para una entrada, un solo, un cambio de clima, tamizado por un convencimiento sin concesiones al facilismo. Cualidad que fue la piedra de toque para dar vida a un proceso comunicativo constante con el público.
Ya lo había adelantado a El País la cantante oaxaqueña: "Vamos a hacer un poco de música de mis anteriores discos y también del más reciente, Ojo de culebra, y de lo que vendrá". Y así fue. No faltó prácticamente nada en un recorrido por géneros, estilos, lenguajes, tradicionales (desde la cumbia y el son a la cueca) del continente.
La aclaración se impone: un recorrido que permaneció a salvo del pintoresquismo folclórico, turístico. En su lugar, Downs y su banda demostraron conocer "desde adentro" la densidad simbólica que sostiene la identidad, la historia, de cada giro sonoro. Y en la proyección a la performance, ese conocimiento, de primera mano, deviene eficaz pilar para darle fluidez y unidad a la diversidad de géneros.
Al final, y más allá de cualquier racionalización, quedó la huella de una generosa celebración musical que tuvo a la calidad artística como principal protagonista.