GASTÓN PÉRGOLA
En 2007 visitaron el Salón Internacional del Mueble en Milán. Impactados por su dimensión (y con mucha fe) cometieron "la locura" de ir a competir entre miles de proyectos. Calificaron y hoy su silla es codiciada por varias empresas.
Federico Mirabal (35) y Ana Maggioli (35) son dos arquitectos uruguayos que en abril de este año lograron entrar en la crema del diseño mundial de muebles de calidad.
Con la creación de un prototipo de silla fabricado 100% (y de forma artesanal) en Uruguay impactaron a un comité evaluador internacional del prestigioso Salón del Mueble, que se llevó a cabo en Milán entre el 14 y 19 de abril de este año.
Ahora, la silla uruguaya es disputada por tres empresas de porte internacional (de origen italiano, chino y mexicano) que pretenden la exclusividad de la patente para comenzar una producción en serie.
"Está salado. La verdad fue un sueño bastante grande el que nos propusimos. En 2007 conocimos el salón y quedamos con la idea en la cabeza. Dos años después (en 2009) nos presentamos para competir. Lo fuimos haciendo y divirtiéndonos con cada etapa, sin pensar tanto en el resultado que podía tener", dice Mirabal, que hoy "coquetea" con las firmas de diseño que quieren realizar una fabricación en serie.
"Es un negocio interesante. Nos interesa más negociar bajo patentes por cantidades y no la exclusividad", comenta el arquitecto uruguayo.
DIMENSIÓN. Al salón del mueble de Milán lo vistan unas 300.000 personas, hay un total de 297.400 profesionales del diseño acreditados que exhiben sus nuevos productos, y cuenta con la presencia de 5.000 periodistas acreditados.
Los arquitectos uruguayos compitieron por ingresar en el "Salón Satélite", exclusivamente dispuesto para jóvenes diseñadores (de hasta 35 años). De hecho, en ese lugar no se presentan ni exponen empresas.
Según Mirabal, expusieron allí este año unos cien proyectos que calificaron con sus propuestas pero, sin embargo, quedaron afuera más de mil diseños que pelearon por un stand.
La notoriedad que puede generar un joven diseñador con la presencia en el "Salón Satélite" se traduce en futuros negocios. " Te ve todo el mundo, desde fabricantes a gerentes de empresas de diseño, que están muy atentos a lo que hay", reconoce el arquitecto.
La silla uruguaya, bautizada con el nombre de "Fly" (ver columna aparte), fue patentada en el país y construida en dos meses, con la participación -además de los arquitectos- del artesano Joaquín Aztiazaran y el ingeniero Magnone Pollio, el mismo que se encargó de la construcción del techo curvo del Aeropuerto de Carrasco.
"Esto es un claro ejemplo de que la complejidad no está en la escala. Tiene la misma complejidad de construcción esta silla que el techo del aeropuerto", compara Mirabal.
Para llegar a tiempo a Milán el prototipo viajó como tabla de surf
Amén del éxito conseguido en el Salón Internacional del Mueble de Milán, Mirabal reconoce que no todo fue fácil, sino más bien "a la uruguaya". Recuerda, entre otras cosas, las dificultades que atravesó para concretar los trámites de patente en el país.
"La verdad que el registro de patentes en Uruguay es bastante complicado y decadente", se queja Mirabal, que aduce que recién en dos años tendrá el título de propiedad de su silla, aunque ya haya quedado protegido el producto.
En cuanto al arribo de su prototipo exclusivo al Salón, Mirabal afirma que la silla recorrió varios kilómetros en subte para llegar hasta el prestigioso evento, y que en el Aeropuerto de Carrasco "la hicieron pasar" como una tabla de surf ya que, de lo contrario, no hubiesen llegado a tiempo, por la tramitación correspondiente.
"Hicimos el prototipo en dos meses y lo llevamos hasta Milán. Esto fue todo a pulmón, a la clásica uruguaya. La silla la llevamos en el avión diciendo que era una tabla de surf. Además, creo que debimos haber sido los únicos que llevamos la silla en el metro, recorriendo varios kilómetros hasta llegar al Salón. No teníamos ni auto", recuerda Mirabal.
Pero eso quedó atrás y los arquitectos ya fueron invitados por la organización a participar de forma directa (sin concurso) en la edición del 2011 del Salón Internacional del Mueble. La idea de los uruguayos es presentar otros diseños y seguir captando la atención de fabricantes y diseñadores a nivel mundial. Es que ambos son conscientes que la clave del negocio está en el exterior.
"Acá el mercado está muy limitado por la cantidad de personas y la industria casi no existe. El público interesado en pagar reposeras o sillas de este tipo a US$ 1.000 es poco. Por ahí el que piensa en muebles hoy va a un remate. No hay tanta obsesión por el mueble acá", comenta.
Mirabal reconoció que estuvo en contacto con una casa local de muebles con la posibilidad de producir su silla en el país, pero la respuesta fue negativa. "Me dijeron que era una muy linda silla pero que la vaya a vender a Europa. Es lógico que digan eso por las condicionantes del mercado", afirmó.
El arquitecto ironizó con que en el futuro su silla esté en Uruguay, pero bajo el rótulo de "Made in China" y a un precio de US$ 300 la unidad.
Cómo es la silla tipo "Fly"
La silla fue bautizada bajo el nombre "Fly", porque su forma
y estética simula un vuelo, afirman sus creadores.
Se trata de una reposera en madera de haya, de 18 milímetros de espesor con clavos de bronce.
La madera es hervida, curvada y luego "rigidizada" e impermeabilizada con fibra de vidrio transparente.
La estructura de la silla genera un movimiento similar al de una clásica mecedora.
Según los creadores, su fabricación representó un "desafió estructural", ya que es una sola pieza, con un marco continuo, en la que se "desprenden" las bases que la sostienen y genera el movimiento.
El prototipo fue producido en Uruguay por los artesanos Aztiazaran y patentada en el Ministerio de Industria (con el Número de acta 3942 / Industrial Design Uruguay).
Actualmente sus creadores negocian entrar en fase de producción con varias empresas interesadas en explotar el producto. Una empresa italiana, otra mexicana y una de origen chino, se disputan la compra de los derechos.
La realización de prototipo tuvo un costo de US$ 1.500. La producción en serie podría bajar el monto hasta US$ 200.