Ruben Loza Aguerrebere
Aunque parezca extraño, hubo un tiempo en que ser escritor tenía importancia. Y así, cuando los clásicos ya lo habían pensado todo, cuando los sofistas sustituyeron a los pensadores, cuando la charla se entremezcló con la poesía, hubo un escritor que se convirtió en actor, en fuerza, en personaje. Escribió, prestó servicios a su país y, a la hora de la muerte, se hizo inmortal por sus escrituras.
Fue un francés por nacimiento y genealogía, y un espíritu armonioso. Hablo de André Malraux, que vino al mundo hace 109 años y dijo adiós a todos en 1976, aunque da la impresión de que, como el Cid, continúa ganando batallas después de muerto.
La sucesión de los años ha ido borrando algunas aristas así como ha perfilado otras. Sus biógrafos pueden acercarse a su personalidad, tan vasta, con objetivo distanciamiento y, de esta manera, es hoy posible soldar a los varios Malraux que conocemos. En definitiva, puede verse la unidad del hombre público que fue, con aquél que en momento alguno dejó de sentir la profunda vocación por el cómo, el porqué, y lo absoluto. Su curiosidad carecía de límites. Solía repetir una frase que lo define: "¿De qué te sirve, Sócrates, aprender a tocar la lira, puesto que vas a morir?". "Me sirve para tocar la lira antes de morir".
Se ha dicho que el color de los sueños que impulsan a los grandes hombres tiene la fuerza de los dioses. De esa forma, podemos pensar que Malraux dio demasiado al destino co-mo para que éste no le retribuyera a manos llenas: se entregó al pensamiento y a la aventura como el nadador a las aguas de un río.
Caballero errante, se batió en Indochina, comandó una escuadrilla de bombarderos en España, fue jefe militar de la Resistencia francesa, y más tarde, se convirtió en el lugarteniente cultural del general de Gaulle. Acabó siendo su Ministro de Cultura. Y con intensa y noble amistad, luego le siguió al exilio. De sus conversaciones, lejos del mundanal ruido, nació el hermoso libro que, en la edición castellana, se titula "La hoguera de encinas".
La inteligencia de Malraux se unió a su sentido triunfal. Pero este humanista logró sortear los mecanismos de la fama y, contemporáneamente, produjo algunas de las obras trascendentes de la literatura de este siglo. Baste recordar "La condición humana", su tratado de historia y filosofía del arte "Las voces del silencio", y sus memorias que, naturalmente, se titulan "Antimemorias".
Personalmente, valoro de manera especial su libro "La corde et les souris" (de su serie memorialista); figura en un lugar especial de mi biblioteca junto a una piedra negra sobre las que descansó su ataúd en el Panteón en París. Y es que el libro me fue obsequiado generosamente por el propio Malraux, el año de su muerte; y sobre su autógrafo, en la primera página, dejó escrito de su puño y letra, como un mandamiento, estas palabras: "La misión más alta del escritor es la de dar conciencia a los hombres de la grandeza que ellos ignoran tener".
No hay día que no la recuerde, maestro.