SALZBURGO | GEORGE JAHN - AP
Hay tanto para disfrutar en la producción del "Don Giovanni" de Mozart estrenada el lunes en el festival de Salzburgo que resulta difícil saber por dónde empezar.
¿La puesta en escena y la dirección? Valerosamente exitosas. ¿Las voces? Brillantes. Y la orquesta, un sueño.
Con esta ópera que ya tiene dos siglos, numerosas versiones han fallado porque fueron demasiado convencionales (es decir, aburridas), o han pretendido ser vanguardistas de manera tan desesperada que desintegraron la historia original: un disoluto encuentra su merecido, muerte y condena, luego de una vida de depravación y asesinato. Tuvimos todo eso en la versión del lunes, pero presentado a través del refrescante prisma del director Claus Guth, y el resultado fue como si un papel atrapamoscas hubiera sido removido, limpiando toda la morralla y permitiendo que el material apareciera con su brillo original.
El Giovanni de Guth se desarrolla en un bosque, un diorama siempre cambiante montado sobre un escenario giratorio, con algunos objetos agregado o quitados de la vista del público.
Algunos de los objetos inusuales vistos en el escenario: un enorme auto conducido a través del bosque que sirve como lugar de encuentro para Giovanni y uno de sus amoríos; una parada de ómnibus rural con la misma función, y una variedad de paisajes boscosos que resultan tan convincentes como un auténtico exterior.
Felicitaciones para Guth, también, por conseguir que el Don y su sirviente Leporello luzcan como personajes tan creíbles como si hubieran sido encontrados en un callejón cercano. El noble italiano y su sirviente de la clásica ópera se han vuelto aquí dos tipos "a la moda", que beben cerveza, consumen drogas y lucen muy `cool`. Extrañamente, logran encajar en el libreto, lo que prueba la universalidad del texto de Lorenzo Da Ponte.
Christopher Maltzmann es un fabuloso Don Giovanni, tanto en voz como en expresión dramática, superado apenas por Erwin Schrott como el sirviente Leporello: el bajo y el barítono son lo que Mozart y De Ponte hubieran querido.
Una rica variedad de voces femeninas pueblan el escenario como objetos del deseo del protagonista, añadiendo delicias musicales. El maduro timbre de Dorothea Roeschmann como Doña Elvira: el fresco sonido de Aleksandra Kurzak como Doña Ana; el burbujeante entusiasmo de Anna Prohaska como Zerlina, la sirviente campesina.
Están igualmente bien: Dimitry Ivaschenko como el padre de Doña Ana, y Adam Plachetka como Masetto, el marido de Zerlina. Joel Prieto como Don Ottavio reemplazó a un enfermo Joseph Kaiser con admirable constancia y una creciente confianza vocal. Y, por último, Yannick Nezet-Seguin condujo un conjunto superior que saltó sin esfuerzo desde el trabajo de apoyo a los solistas en el escenario hasta el conmovedor solo de arpa que anuncia el comienzo de una de las labores más finas de uno de los cantantes.
A propósito de grandes momentos, quizás el más grande de todos: la escena de la muerte.
El lunes, Giovanni encontró su destino en el bosque. Dónde más. El clima se vuelve siniestro incluso antes de que el padre de Doña Ana, asesinado por él, regresa de entre los muertos para cavar la tumba de su asesino. Entonces, durante varios minutos, oímos el grito de muerte de un condenado que elige la tumba en lugar de la redención. Y la nieve continúa cayendo.
Pese a los mejores esfuerzos de Mozart, esta escena resulta a menudo tonta porque los directores exageran para hacerla siniestra. Esta vez no.
Inquietante.