ALEXANDER LALUZ
El Núcleo Música Nueva de Montevideo (NMN) presenta un nuevo concierto de su temporada 2010 en Sala Zitarrosa, esta vez con la actuación especial del pianista colombiano Daniel Áñez. Será mañana, a las 20 horas, con entrada libre y gratuita.
Hecha la presentación, poco habría que agregar sobre el programa. Más de cuatro décadas dedicadas a la difusión de la música contemporánea culta han hecho de la sigla NMN un símbolo de perseverancia, acción testaruda, convencida con campo de la creación tan vasto como complejo.
Aún así, esa complejidad, esa vastedad, fuerzan, otra vez, las precisiones que en otras expresiones musicales resultan ya obvias, redundantes.
Áñez (nacido en Cartagena de Indias en 1982, formado en la Universidad de los Andes y en la Universidad de Montreal), pertenece a una nueva, muy nueva, quizás, generación de intérpretes que han quebrado ciertos moldes rígidos de la formación pianística académica. En su país, Colombia, su trabajo musical se suma al de otros artistas, jóvenes también, que han jugado valiosas apuestas a las músicas contemporáneas concebidas, paridas (y, en muchos casos, también sumidas en el silencio) en América Latina. Entre estos nombres vale citar: a la notable soprano Beatriz Elena Martínez (que años atrás dejó en nuestro país, y en esta misma Sala Zitarrosa, una generosa muestra de su talento), los percusionistas Eduardo Caicedo, Mario Sarmiento y Juan Francisco Velásquez, los guitarristas Sergio Restrepo y Guillermo Bocanegra, el también pianista Antonio Correa, Ricardo Jaramillo y Juan Carlos Rivas en el campo de la dirección orquestal. Y se podría seguir, incluso yendo algo más atrás en el tiempo: con el pionero Ensamble CG, el grupo deciBelio creado en 2001 por Harold Vásquez-Castañeda.
Para esta nueva visita a Uruguay, Áñez propondrá -y aquí algunas precisiones también serán necesarias- una revisión, necesariamente parcial, de la obra de dos generaciones de compositores argentinos, colombianos y uruguayos que han dejado piezas para piano solista a las que bien les cabría el etiqueta "fundamentales".
De su país, abordará a una personalidad de aristas únicas, lenguaje inquieto, innovador, figura que se convirtió en vértice de referencia para la generación de los años sesenta en nuestro continente: Jacqueline Nova (1935-1975), con su creación Transiciones, compuesta entre 1964 y 1965.
Del influyente compositor argentino Eduardo Bértola (1939-1996), también de la misma generación de Nova, abordará dos piezas: Tráfego, de 1976, y Las doradas manzanas al sol, compuesta en 1966 y revisada en 1984.
Por Uruguay, un doblete: Sul re (1981), quizás, o sin quizás, la pieza de síntesis de la estética y el lenguaje de Héctor Tosar (1923-2002), y una de sus últimas grandes obras para piano. De Tosar, poco para agregar: el compositor que definió, sin buscar respuestas dogmáticas ni planteos de inescrutables recovecos teóricos, un perfil muy personal, influyente, en la música culta local del siglo XX a partir de una musicalidad a prueba de esnobismos vanguardistas o encasillamientos académicos. Por último, dos piezas de Coriún Aharonián (1940), otro representante de la generación del sesenta: Tres pequeñas piezas para piano (1966-1973) y ¿Y ahora? (1984).