EL PAÍS DE MADRID
JESÚS RUIZ MANTILLA
Talentoso y comprometido, Matt Damon se hizo estrella con Jason Bourne. Ha trabajado con Coppola, Scorsese y Spielberg y ahora destapa la mentira de las armas de destrucción masiva en "La ciudad de las tormentas".
Es el triunfo de un nuevo héroe discreto, real y cercano. Combina a la perfección estilo y simpatía, y conquista a todos.
Desde la sonrisa que le sale a esa cara de eterno principiante, con 39 años a cuestas, parece difícil creer que Matt Damon lleve a sus espaldas una carrera de 18. Pero resulta más raro aún que no haya sufrido en todo ese tiempo ni un tropezón. "No hay que olvidar la suerte que he tenido", comenta muy humilde. "Es lo que me acaba de decir Clint Eastwood el otro día…".
Con él acaba de terminar el rodaje de Hereafter, una película de bajo costo que le ha hecho repetir con Eastwood después de su trabajo conjunto en Invictus. Maestros no le han faltado. Buenos maestros. Primero, Gus van Sant, que se olió la madera de Damon, y su íntimo amigo de infancia y juventud en Boston, Ben Affleck, con quien había escrito el guión de En busca del destino. Después, Francis Ford Coppola, que le eligió para protagonizar El poder de la justicia, y poco más tarde, Steven Spielberg, cuando le ofreció ser el voluntario más buscado en el desembarco de Normandía dentro de esa obra maestra que es Rescatando al soldado Ryan.
Un buen bautismo, santificado como talento de futuro durante toda esa racha de la segunda mitad de los noventa. Fueron años con Oscar incluido, aunque no como actor, sino como guionista de En busca del destino, la historia de ese genio desubicado entre su potencial talento para la ciencia y su atracción por los bajos fondos.
MODESTO. Ahora lo recuerda con distancia y satisfecho por no haberse quedado en las mieles del éxito demasiado joven. "Lo gané con 27 años y aquella noche no podía dormir. Fue una experiencia memorable, con todas esas estrellas, emocionante. Pero cuando me encontré frente al premio, a solas, lo único que pensé fue: "Gracias a Dios, no he tenido que molestar a nadie para ganar esto".
Así que ha seguido en el negocio con la conciencia muy tranquila. "La cuestión y el objetivo no es ganar premios, sino hacer películas", comenta Damon. De eso, sabe. Sabe cómo elegir, cómo seducir, cómo transitar con una serena normalidad a través de las sendas de un negocio competitivo, el de estrella hollywoodiense.
Lo hace de un modo muy natural. Vestido con sus camisetas discretas y sus vaqueros, con el pelo cortado sin estilismos y una sonrisa tan brillante como tímida que brilla a la par con sus ojos azules. Así no extraña que se encuentre incómodo ante las parafernalias. "Se gastan más dinero en estas cosas que en hacer cine", comenta. Lo hace en cuanto uno entra y le saluda en una lujosa habitación del hotel en el que se encuentra en Londres. Allí espera paciente la hora de volver a su casa en Nueva York, donde vive con su pareja, la argentina Luciana Barroso, y sus dos hijos.
Aprovecha para practicar un poco su español. "Es difícil porque los niños no quieren hablar. Menos mal que mi suegra ha venido a vivir con nosotros y puedo practicar un poquito", comenta quien para muchas madres podría equivaler al yerno perfecto a quien podrían perdonar su pasado seductor con romances junto a Winona Ryder, Penélope Cruz o la modelo Kara Sands.
Pero rápido vuelve al inglés. Un idioma en el que ha sabido mentir como nadie para papeles como El desinformante, que hizo con Steven Soderbergh; El talentoso Mr. Ripley, del fallecido Anthony Minghella; Infiltrados, de Martin Scorsese, donde dio una lección de ambigüedades, o El buen pastor, la compleja película de Robert de Niro en la que se contaba el origen de la CIA. Han sido obras que le han dado fama de joven inquietante, camaleónico, con muchas vueltas.
Por no decir el ya legendario Jason Bourne, personaje que le catapultó a la fama y al estatus de megaestrella. Una serie que le convirtió en rey de la taquilla, capaz de producir, según las multinacionales, 29 dólares de beneficio por cada uno que cobra como actor. "No es un mal negocio, si eso es cierto", comenta escéptico.
VERDADES. Y todo, en gran parte, a base de contar mentiras. "Mentir se me da muy mal. Es muy difícil. Más en personajes que van creando un engaño y luego otro para encubrir el primero, y otro y otro. En el caso de Whitacre, el protagonista de El desinformante, hasta que no entró en la cárcel no descansó. Fueron años buenos para él los que estuvo encerrado, pudo curar su estrés".
Pero La ciudad de las tormentas es distinta. Se trata de una trepidante búsqueda de la verdad titulada. Su nueva colaboración con Paul Greengrass, junto a quien ya ha hecho historia en el cine de acción con Bourne: el ultimátum, la última entrega de la saga. Vuelve el tándem que impresionó por su destreza a George Lucas y a Spielberg. En esta ocasión, Greengrass y Damon se han trasladado a Irak y se han puesto a buscar las armas de destrucción masiva.
¿Resultado? El destape de un engaño. Una repugnante patraña oficial que ha costado cientos de miles de muertos y cuyos urdidores y responsables, el trío de las Azores, se han retirado de rositas de la vida pública. La obra llega quizá un poco tarde, pero a tiempo para hacerse preguntas. "¿Tarde para qué? Ha habido otras películas de Irak, vamos a ver si el público puede soportar bien estas cosas y empezamos a preguntarnos ciertas cuestiones", comenta Damon.
Al fin y al cabo, alguien tendrá que pagar la cuenta. "Pues sí, considerando todo lo que tuvo que ver con la mentira de las armas, esperabas que alguien saliera a dar una explicación. No había rastro, es evidente. La cuestión es por qué se equivocaron, demandar una respuesta, pero el clima político, al menos en mi país, no está todavía preparado para eso".
Además, el interés decrece, según Damon: "Irak ha saltado de las primeras páginas de los medios. La gente se centra más en Afganistán, ahora mueren más soldados americanos allí, pero lo que realmente aterra a la opinión pública es el trabajo y la economía". Una crisis que afecta a las cuentas, pero también a la moral, comenta el actor que estudió en Harvard la carrera de Filología. "Sí, estoy muy interesado en ver qué reformas reguladoras se adoptarán para la economía. Las antiguas reglas fueron la causa de todo el desastre, la manera de operar de los bancos. La gente quiere hacerse inmensamente rica sin nada, sin esfuerzos, y quienes no lo son, obviamente, piden cuentas".
Tras las armas de destrucción masiva
Damon no rehúye los temas. "Sobre Irak siempre fui muy escéptico. Desde el principio me dio que pensar a qué venía tanta prisa. Se nos dijo, sin motivo, que los iraquíes tenían armas de destrucción masiva, que tanto aquí, en el Reino Unido, como en mi país podíamos morir envueltos en un hongo nuclear", recuerda. "Era increíble ese cuento".
El invento no tuvo tregua. Los patrocinadores de la guerra aprovecharon bien el miedo. "Yo estaba en Nueva York el 11-S. Recuerdo el clima de terror y cómo se nos podía manipular, llevar a cualquier sitio. Qué raro es esto, pensaba, de qué va, no tenía la sensación de que me estuvieran contando lo que había que contar, y quería saber por qué". Todos los pasos que se dieron desde entonces hasta la guerra fueron igual de inquietantes para el actor. "Si me hubieran dicho que la invasión tenía que ser en marzo, por el clima, a lo mejor me lo habría tragado más fácilmente".
De lejos, la bola resultaba más que evidente para muchos. Pero sobre el terreno, pocos alcanzaban a verlo. Hasta que quienes se encargaron de buscar las armas cayeron en la trampa. Fue el caso de Richard Monty Gonzales, el oficial en el que se ha basado Damon para su personaje en La ciudad de las tormentas, llamado en la ficción Roy Miller.
Preguntas de difícil respuesta
Los papeles de Damon han contribuido a poner en tela de juicio muchas cosas. En la serie Bourne ya se veía una intención política nada complaciente. Describía sin tregua ni descanso la inquietante manera de construir máquinas de matar por parte del Estado. "Eran películas que respondían a la era Bush. Nos planteábamos contra quién luchamos ahora, esas preguntas. El país que era. ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos? Estados Unidos sigue en ese debate. ¿Cuáles son las nuevas reglas? ¿Con qué nos comprometemos?"