Hernán Sorhuet Gelós
No es casualidad que este año se celebre el Año Internacional de la Biodiversidad. De ella depende la agricultura, la pesca, la ganadería, el turismo, la economía, la producción de medicamentos, la salud de los ecosistemas y hasta la supervivencia de innumerables comunidades del planeta.
Debido a la constante expansión de la población humana mundial y a los diferentes impactos que provoca su desenvolvimiento, aumentan las advertencias sobre las preocupantes consecuencias que puedan tener la degradación de los ecosistemas, la extinción de especies y la erosión genética.
La dimensión del problema seguramente se comprende mejor cuando se lleva al terreno local. Cada comunidad forma parte de una realidad ambiental particular, en la cual la dinámica de sus especies y de los ciclos naturales (aire, agua, suelo) marca pautas muy rígidas sobre la calidad de vida de su gente.
Hasta hace un tiempo hablar de conservación de la diversidad biológica sugería en la mayoría de las personas referirse a la protección de especies. Eso ha ido cambiando rápidamente, a medida que el mundo avanza en la divulgación y democratización del conocimiento.
Importa tanto proteger los bancos de genes de plantas silvestres como de aquellas domesticadas para el consumo y sustento de la humanidad. En nuestro país, que tradicionalmente se ha desarrollado de "espaldas al mar", cada día es mayor la conciencia de la importancia estratégica que tiene la zona costera y las extensas áreas de aguas jurisdiccionales que conforman el territorio nacional.
Estamos avanzando en el desarrollo de una visión y una conciencia integral que nos permite ver más allá del horizonte (macro y micro) y comprender el profundo alcance que pueden tener las decisiones tomadas.
La irrupción del cambio climático como problema global e ineludible ayudó a madurar esa visión, colocando el tema ambiental sobre la mesa de discusión y negociación nacional, regional y mundial.
Está clara la importancia estratégica que tiene para el futuro de nuestra sociedad combatir flagelos endémicos como la erosión del suelo o la pérdida de acuíferos.
Los cambios en el uso de la tierra experimentados en las últimas décadas en el territorio nacional ameritan estar en una alerta permanente, evaluando resultados de todo tipo, y sin perder de vista que siempre el interés general debe estar por encima del particular.
Es importante comprender que necesitamos alimentar el espíritu que nos vincula a todo lo nuestro, que nos hace experimentar esa placentera sensación de pertenencia a algo maravilloso -que es lo propio, lo de todos- como ocurrió con nuestra selección de fútbol.
La conservación de la biodiversidad nacional no es más que una responsabilidad básica, aunque con la sobrecarga que implica su relevancia transgeneracional.
Con nuestras actuales decisiones estamos redefiniendo un país, una sociedad, una cultura. Tanta responsabilidad exige educación, información, compromiso y mucho sentido común.