CARLOS REYES
En El Galpón se está presentando una historia delirante, que parte de un texto del gran dramaturgo y director argentino Ricardo Bartís. Es "El pecado que no se puede nombrar", que va hoy y todos los jueves en la salita Cero a las 21 horas.
Bartís es un muy conocido dramaturgo y director argentino, cuyas obras han representado a su país en los mayores festivales de Europa. Su montaje La pesca, que se vio en Montevideo en el Museo del Carnaval durante el marco del festival "Setiembre escénico", es una prueba contundente de su talento. Allí, en un espacio cerrado, claustrofóbico, un grupo de amigos discutía sobre la existencia y la política mientras trataba de pescar en las aguas de un arroyo entubado.
Ahora un grupo de actores uruguayos está presentando en El Galpón una pieza del escritor argentino, en la misma sala donde tiempo atrás Alberto Rivero hizo Postales argentinas, otro clásico de Bartís, en coautoría con Audivert y Ramos.
Dirigida por Virginia Marchetti y Álvaro Correa, El pecado... ofrece también un ambiente muy cerrado, donde una barra de delirantes se lanza a las mayores locuras. Son siete personajes impulsados por el proyecto desquiciado de perpetrar un asesinato colectivo para acabar con las clases poderosas de la Argentina. Un gas que mate a políticos, estancieros, grandes empresarios y militares. Para financiar la empresa se proponen montar una amplia cadena de burdeles, uno por cada célula revolucionaria.
Con mucha misoginia de fondo, esta parodia al teatro político desemboca en una orgía homosexual, siempre bajo el pretexto de "todo sea por la causa". Es que, como señala Bartís, el poder feminiza al hombre.
El elenco -integrado por Sergio Pereira, Marcelo Ricci, Alfonso Tort, Mario Rodríguez, Correa, Javier Mas y Federico Longo-, trabajó a la manera del viejo teatro independiente, ensayando en el living de la casa del director. Algunos actores se desdoblaron en carpinteros para construir a martillazos la escenografía, que representa un lugar cerrado, un sótano, o un altillo que sirve de sede a este club social secreto.
Sin muchos elementos corpóreos, y con todo muy sugerido, se dispuso de un biombo para usarlo de separador, o para ocultar, o para crear un clima de intimidad. La puesta buscó ceñirse a un espacio pequeño y cerrado, para generar energías de contacto, como dice Bartís, que a su vez produzcan roces e incomodidades entre los personajes.
En los ensayos domiciliarios se trazó la puesta de modo minimalista, ampliándola luego al ensayar en la sala. "Tratamos de trabajar la interioridad de los personajes, y los movimientos en grupo, con formas corales muy del teatro político. Buscamos transitar la intensidad de esos personajes, incluso sobreactuado, aunque desde la verdad. Por eso trabajamos sin temer a la exageración, un poco como hacen en el teatro argentino, que son más lanzados que nosotros. Ellos no temen expresar los sentimientos, mientras nosotros solemos ser más recatados", reflexiona Correa.