ALEXANDER LALUZ
Es por familiaridad o cercanía, se dice. Washington y Cristina (y en ese orden). Los apellidos se sobreentienden. Lo que sí es noticia es que para hoy y mañana, el dúo tiene reservada la Sala Zitarrosa para un show de título escueto: "En concierto".
Y también, cuentan ambos, de carácter abarcativo, integrador y con su grupo de músicos estable, con quienes vienen tocando desde hace varios años. A saber: Fernando Goicoechea (teclados), Sergio Tulbovitz (percusión), Florencia Romero (flautas), Daniel Petruchelli (guitarra) y Miguel Argüello (bajo).
La condición de abarcativo e integrador para este recital tampoco tiene secretos. Sus treinta y cuatro años de carrera son razón suficiente para imaginar distintas formas de repasar un repertorio, sea en gallego, sea en castellano, que es difícil de cuantificar (y aquí, cabe la aclaración, las listas de títulos de las contratapas de los discos no alcanza como referencia). Para En concierto, sin embargo, la selección de canciones tiene una razón de ser que se desmarca del repaso antológico habitual.
"Habrá canciones nuevas -dice Washington-, pero también varias que nunca cantamos en vivo. Están grabadas, pero muchas casi no se conocen". Este listado no es menor. "Hay temas de Zitarrosa, por ejemplo, que no han sido muy interpretados. Algunos los grabé yo en mi etapa de solista. Hay otro ejemplo, Por los médanos blancos, de Manuel Picón. Una hermosa canción. Y hay más".
También, acota Cristina, lo interesante y diferente de este espectáculo será la integración orgánica de las dos facetas o líneas de trabajo del dúo: la canción popular latinoamericana y uruguaya, y la canción gallega. "Cierto, muchas veces se piensa que lo de las canciones gallegas es algo exclusivamente mío. Pero en este proyecto estamos los dos. Washington ha compuesto y arreglado para este repertorio". Entonces, "la idea es unir estas dos facetas, que en realidad son una unidad. Para estos recitales hemos pensado tres segmentos. El primero y el último estarán dedicados a la música latinoamericana, en castellano (la que más se identifica con el dúo). Y en el medio habrá un segmento importante con las canciones gallegas".
Además, anota Washington, lo interesante de esta propuesta es que todo el recital ganará en unidad musical, estilística, con la presencia de los mismos músicos en cada parte. Los arreglos -dice Cristina- también aportan a esta cohesión: "hay varios realizados por Washington, pero la mayoría son de Goicoechea, y también hay algunos de Daniel (Petruchelli), el guitarrista. Esto también le agrega un condimento de diversidad, que, creo, va a enriquecer la propuesta".
"No te olvides -sigue Washington- que este grupo se mantiene desde hace tiempo. Con Tulbovitz debe hacer casi 12 años que tocamos, con Goico, quizás un poco menos, pero anda por ahí. Florencia es otro caso de nombre fijo en el grupo. Lo que hemos ido alternando es el bajo, que nunca lo habíamos integrado a un concierto... bueno, nunca no, porque Miguel (Argüello) tocó con nosotros hace algunos años". Y la presencia de otra guitarra también ha sido una constante: "hemos tocado con Ana Inés Zeballos, Sergio Fernández, Gabriela Posadas... Pero siempre mantuvimos una coherencia en ese sentido, manejando ese mapa particular de instrumentos: flauta, piano, percusión, guitarra".
En casa. Luego del pasillo largo, angostado por una fila igualmente larga de astillas para la estufa, un pequeño patio que da a una sala de techo alto, tonos amarronados, cálidos, hasta en el aire, que todavía conserva algo del último humo de un habano: "¿Tomamos un café ahora o después de las fotos?" La biblioteca, un despliegue de afectos; los libros, los discos, las fotos: del padre de Cristina -un galán de radioteatro-; Washington junto a Benedetti, Amanda Berenguer y José Pedro Díaz, las memorias de, hoy, una generación -la del 45- diezmada en lo físico, perpetua en la escritura; los colegas de la música. El escritorio, el sillón, la mesa ratona, con Idea Vilariño: la vida escrita como parte del relieve de recuerdos, son testigos (otra vez: cálidos) de la hospitalidad.
Hacia abajo, por una amplia escalera, los cuadros de Washington ("ha vuelto a pintar", susurra Cristina, "quizás para hacer terapia y esperarme en las noches cuando llegaba del Sodre"), una colección de aerófonos (la mayoría de origen andino), la sala de ensayo y la puerta hacia lo que era el estudio de grabación ("Tuvimos que cerrarlo. Hoy, viste, con una computadora todos pueden armarse uno en la casa", comenta otra vez Cristina). Allí, "Tulbovitz acampó con sus instrumentos; Goico con su teclado. Aquí estamos preparando todo".
De regreso a la sala de la primera planta, luego de la sesión de fotos, los dos vuelven, café mediante, sobre estos conciertos en la Zitarrosa, la necesidad de recuperar esas otras canciones, las que no se volvieron masivas quizás por capricho de los criterios de difusión, quizás por esas vueltas a veces inescrutables de la recepción. Washington: "es algo increíble, a veces algunos que nos siguen desde que empezamos y no las conocen, o piensan que son nuevas. Fijate que El enamorado y la muerte, en aquel disco de pasta, estaba ahí, en la cara B, surco seis. Era la última. Pero esa canción `mató` a las demás. Después las volvés a escuchar y te das cuenta que son tremendas canciones. Es cierto, hay algunas que las seguimos cantando, La carmela, Canto marinero, que ahora haremos con un arreglo nuevo".
Y por ahí va este En concierto. También, en la primera parte, por "traer a los compañeros en el canto", agrega Cristina. "Por eso haremos una canción de Vera Sienra, otra de Rubén Olivera, de Sampayo, algún texto del `Bocha` Benavídes, dos de Manuel Picón". Y para la última parte, "una especie de reconocimiento y agradecimiento a los Parra, a Violeta, Ángel e Isabel, por todo lo que nos han dejado. Cantamos canciones de los tres. Son canciones que, nosotros decimos, que los músicos no tenemos que olvidar, pero el público tampoco. Son del cancionero latinoamericano pero también universal".
En la plena madurez del oficio creativo
No hay método, pero sí muchas posibilidades de errar el camino. Musicalizar la poesía ha desvelado a generaciones incontables de músicos, y algunos de los resultados (Serrat, por ejemplo) siguen fascinando por su misterio.
Washington Carrasco y Cristina Fernández eligieron de sus tiempos primeros, allá por 1976, 1977, unirse en este "camino que sabemos que no es fácil. Nosotros armamos nuestras propuestas sin hacer concesiones. Es lo que nos apasiona", reafirma Cristina.
Para Washington, el desafío es igualmente complejo: "Yo lo hago de una forma, no sé los demás. Trato de encontrarle primero la musicalidad que ya tiene el poema, y se lo hago leer varias veces y de distintas formas a Cristina. Ahora, lo hago utilizando grabaciones, pasándolas a distintas velocidades. Y ahí descubrís la musicalidad intrínseca de cada verso. Siempre, claro, está la posibilidad de equivocarse, de que esa unión de la poesía con la música no se haga fluida, sea forzada. Entonces, a borrar y empezar de nuevo". Otros, agrega, trabajan diferente. Alfredo Zitarrosa, por ejemplo, tenía una gran facilidad para hacer el camino inverso. "Él buscaba la palabra justa una vez que tenía la melodía compuesta. Yo nunca pude hacer eso. Siempre fui a partir del texto".
Y ese trabajo fue siempre así, cuentan los artistas, para el repertorio en castellano como para la composición en gallego. Para este espectáculo en la Zitarrosa, "hemos reunido mucho de ese trabajo", dice Cristina, "y hay una pieza en especial que fue compuesta sobre un poema de Lorca, que es uno de los seis que escribió en idioma gallego dentro de su maravillosa obra".
La opción por la música que ya tiene más de tres décadas
La casa de Washington Carrasco y Cristina Fernández conserva intactas las huellas de una carrera que lleva ya treinta y cuatro años. En las fotos, los discos firmados, las fotos, los libros, las anécdotas recogidas en los años que tuvieron abierto el estudio de grabación, los conciertos en Montevideo, el Interior. Esa historia comenzó en 1976, en la Alianza Francesa, con el espectáculo "Inti canto". Antes, Carrasco venía con varios discos solistas que alimentaban un movimiento musical surgido en los sesenta, y que apuntaba al rescate de géneros populares y tradicionales de nuestro país. Y Cristina, del paso por varios grupos con repertorios latinoamericanos, los estudios con Daniel Viglietti, Nelly Pacheco, Mabel Moreno. Juntos, armaron este proyecto con sus dos vertientes: las canciones en castellano y gallego, una conjunción de tradiciones que, dicen ellos, hablan de la unidad cultural.