GERARDO SOTELO
El reconocimiento legal al "matrimonio gay", votado días atrás en el Congreso argentino, permitió ver hasta qué punto es un tema problemático, e incluso escandaloso para buena parte de la opinión pública. El anuncio de que el Partido Socialista promoverá en nuestro país una iniciativa similar, es una buena oportunidad para reflexionar sobre qué asuntos están en juego, evitando llegar los extremos de irracionalidad y prejuicios que suelen aflorar cuando se tratan estos asuntos.
El debate no debería ser sobre cuestiones religiosas. Nuestra Constitución establece que el Estado "no sostiene religión alguna", por lo que cualquier precepto moral de origen religioso sobre la manera de constituir una pareja o una familia debería quedar igualmente amparado por el derecho positivo. La proyectada ley no debería inquietar a los heterosexuales por cuanto no se pretende imponer la homosexualidad sino reconocer como igualmente válido, a los efectos legales, las parejas formadas por personas del mismo sexo.
El debate no debería ser sobre cuestiones reproductivas o demográficas. Las parejas homosexuales no pueden cumplir con la función reproductora pero esta es sólo una entre las muchas que dan sentido a la familia. Hay otras, como el amor, la contención emocional y el sustento material que se pueden prestar cualquiera sea el sexo de los cónyuges. Esgrimir como argumento que las parejas gays no pueden sostener la reproducción de la especie es desconocer doblemente la realidad: ninguna persona homosexual va a dejar de serlo y largarse a procrear si la proyectada reforma legal es rechazada, ni la humanidad parece presentar riesgos de desaparición, por mucho que los homosexuales, los sacerdotes, los monjes y las monjas se hallan desentendido, en términos generales, de la función procreadora.
El debate no debería ser sobre criterios de presunta normalidad o anormalidad. La historia muestra cómo lo que ayer era disparatado y antinatural, hoy es una conducta aceptada y hasta virtuosa. La lista de conquistas sociales que se lograron contra los guardianes de la norma incluye el fin del absolutismo, el advenimiento de la democracia y las repúblicas, el matrimonio interracial, el voto universal y los derechos de la mujer.
El debate no debería ser sobre los efectos psicosociales de los niños que puedan ser adoptados por parejas de un mismo sexo. Con reconocimiento o sin él, los gays que lo deseen podrán adoptar, sólo que uno de los cónyuges estará desprotegido frente a la ley.
El debate debería centrarse en dilucidar si la legislación matrimonial consagrará el precepto constitucional por el cual "todas las personas son iguales ante la ley no reconociéndose otra distinción entre ellas sino la de los talentos o las virtudes" o mantendrá la discriminación por razones de preferencia sexual. En definitiva, el asunto no es entre la heterosexualidad y la homosexualidad sino entre la discriminación y la igualdad de derechos que consagre finalmente la tan mentada tolerancia y diversidad de la que hacemos alarde los uruguayos. De eso sí debería discutirse.