MATÍAS CASTRO
Recibir una invitación para un casamiento en la iglesia, pero no para su posterior fiesta, puede ser, para muchos, una mala señal. Porque la persona queda fuera de los festejos, de la comida y de la bebida y del momento social en que todos se sienten (o se supone que deberían sentirse) parte del mismo círculo que rodea a una pareja. Para cualquier persona el casamiento implica la decisión con respecto a la cantidad de gente que se invitará a la boda. Y cuanto más famoso se es, más importante se vuelve esta decisión y más consecuencias insospechadas aparecen.
La estrella de la música country Carrie Underwood se casó hace unos días en una ceremonia discreta, a la que fueron unos pocos invitados. Su colega Emily Blunt hizo algo parecido el sábado pasado, cuando se casó con el actor John Krasinski. Antes aún Megan Fox, una de las estrellas jóvenes más importantes de Hollywood, se casó en secreto en Hawai. Todas esas bodas se hicieron sin que la prensa se diera cuenta hasta días después, logrando esquivar a los paparazzi.
Estas pequeñas anécdotas dan la medida, o al menos parte de la medida, de cómo pueden ser estas figuras en realidad. O al menos dan la medida de cómo quieren manejar su imagen. Si bien sus carreras consisten en exhibirse, y Megan Fox lo sabe más que nadie, no todo tiene que ser exhibible. Pero dentro de las formas de buscar privacidad hay diversas formas de hacerlo.
Está el caso del casamiento de Tom Cruise y Katie Holmes. Cuatro años atrás se casaron en un castillo en Italia. Se encerraron allí con sus amistades selectas del mundo de la farándula y de los negocios, mientras el resto del mundo solo podía ver los muros de piedra. Si no fuera por algunos detalles, parecería una práctica de hace cuatro o cinco siglos. En ese caso todo el mundo sabía y miraba hacia Cruise-Holmes, pero no veía nada. Otros transmitieron sus vidas de recién casados en reality shows. ¿Qué es lo que más se valora a la hora de contraer ciertos vínculos?