MATÍAS CASTRO
Si hay alguien que parece fácil de caricaturizar en el mundo del metal es Ozzy Osbourne. Pero imitarlo no parece tarea sencilla, y su último disco, "Scream", es el mejor ejemplo de ello.
El arranque del disco pide a gritos ser tocado en vivo. Climas, progresión en intensidad y despliegue de energía son las tres características con las que comienza Scream en sus primeros dos temas. En Let it die, tras una introducción que genera expectativa, Ozzy arranca cantando: "Soy un rockstar, soy un traficante / soy un sirviente, soy un líder / soy un salvador, soy un pecador / soy un asesino / seré todo lo que quieras que sea". Sin autoparodias habla de sí mismo, aunque la letra luego tenga algunos giros que llevan el tema hacia otros lugares.
El disco sigue con Let me hear you scream, en la que apenas pasados unos segundos es posible imaginarse a Ozzy, con sus 61 años y achaques a cuestas, sacudiendo la melena sobre el escenario. La energía que transmite la canción produce admiración, especialmente si se tiene en cuenta que viene de un tipo conocido como "El padrino del metal", entre otros apodos, que fue parte de la fundacional Black Sabbath y que hizo antes nueve discos solistas.
Claro que no es todo cuestión de la estrella, sino también de los músicos que convoca. Este es el primero de sus discos solistas que no tiene la colaboración del virtuoso guitarrista Zack Wylde, pero cuenta con un buen reemplazo en el griego Gus G. Entre sus aportes y los del productor Kevin Churko logran generar varios aportes que recuerdan a los tiempos de Black Sabbath. Esto es más claro en Diggin mi down y en Fearless, pero se percibe en otros momentos del disco.
Es irremediable ver a Ozzy Osbourne como parte de la cultura pop actual, lejos del mundo del metal. Es la voz del videojuego Brütal Legend, por otra parte su música se vende como paquete para el videojuego Rock Band y además, por encima de todo, hasta hoy se lo recuerda por su reality show The Osbournes, que terminó hace cinco años. Pero lo suyo sigue siendo el metal. Tal vez no sea el mejor disco de este género en la historia, y alguno hasta podría argumentar que ni siquiera es el mejor de la discografía de Ozzy, pero al escucharlo es inevitable pensar que el tipo vino al mundo para hacer lo que muestra en esas 11 canciones, y lo logra a las mil maravillas.