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Luciano Álvarez
Sueño", en su sentido de "cualquier anhelo o ilusión que moviliza a una persona", ha sido, seguramente una de las palabras más frecuentadas por los uruguayos en los últimos días. Nuestros "esforzados atletas", hijos culturales de los que dieron las "dianas en Colombes", serán recibidos con alegría; parece que esta vez habrá lugar para nuevos sueños que no auguran pesadillas, al menos por ahora.
Como se sabe, fueron los antiguos griegos quienes otorgaron a los ejercicios atléticos una importancia superior tanto en el orden educativo como en el estético, el moral y religioso. Quienes nos han representado en Sudáfrica, si restringimos el sentido de lo religioso al más modesto de "patria y ciudadanía", han cumplido con aquellos valores. Aunque no regresen como "Olímpionikes", como vencedores en los juegos.
Dice Kitto, historiador inglés, que al vencedor "Se le consideraba […] un Héroe, y como tal recibía el homenaje de sus conciudadanos. Se le tributaban honores públicos, los cuales podían incluir el privilegio de comer en el ayuntamiento por el resto de sus días a cuenta del erario público (algo para complementar la corona de olivo silvestre), y […] cundió la costumbre de encomendar a un poeta que escribiese un himno coral en su honor". Nada muy diferente a lo que el viejo Uruguay, practicó con sus campeones olímpicos y mundiales.
Con el tiempo, la obsesión por el mero triunfo contribuyó a la decadencia de las antiguas Olimpíadas.
La "exagerada exaltación de los méritos -dice el historiador García Romero- convirtió a los vencedores en verdaderos dioses y entró en escena un elemento muy peligroso: la pugna, la oposición, el constante batallar por quedar mejor".
En el 332 a.C. el atleta Calipo quiso sobornar a sus rivales y fue expulsado. Atenas envió entonces una delegación diplomática y presionó con boicotear los juegos, aún a sabiendas de aquella conducta impropia de su representante.
Confieso no haber encontrado relatos que den cuenta del tratamiento que recibían los derrotados al volver a su Polis, aunque de lo anterior puede deducirse que no fuera muy diferente a lo que sucede contemporáneamente cuando un sueño se ha convertido en pesadilla.
Dice un adagio, atribuido a Napoleón, que "la victoria tiene mil padres, pero la derrota es huérfana". A lo que habría que agregar este corolario: abunda tanto la oferta de padres putativos (los que se tienen por tales sin serlo) como la histérica búsqueda de progenitores para la supuesta huérfana.
Hace pocos días, el gobierno ghanés, votó un premio para sus defensores en el Mundial, pero Asamoah Gyan, el que erró el penal en el minuto 120, amenazado de muerte, está bajo custodia policial.
En el Mundial de Italia 90, el arquero René Higuita quiso salir gambeteando ante Roger Milla; le costó el gol y la eliminación de Colombia, pero su carrera siguió sin contratiempos. Cuatro años después, otro colombiano, Andrés Escobar, cometió un error fatal: gol en contra; dos semanas después fue asesinado a balazos en Medellín.
Las frecuentadas derrotas uruguayas incluyen una vasta tradición oral al respecto. ¿Quién no ha escuchado historias sobre la exclusión, por supuesta indisciplina, de Óscar Míguez, previo al partido con Hungría en el mundial de 1954? En 1966, el villano no fue sólo el venal árbitro inglés Finney, al permitir que el back alemán Schnellinger sacara una pelota con la mano, de manera más ostensible aún que Luis Suárez contra Ghana. Sobre el capitán Horacio Troche cayó el baldón de haberse hecho expulsar, aviesamente; jamás regresó al país, y por si fuera poco tuvo la mala idea de radicarse en Alemania, donde jugó en dos equipos.
Es probable que sean los brasileños los que tengan el número uno en eso de atribuir paternidad a la huérfana.
Antes de este Mundial nadie ignoraba que Felipe Melo - rudo, pegador y malintencionado- había dado pruebas, un sinfín de veces, de su desamor por el prójimo, al menos en la verde gramilla, como hubiese dicho un viejo cronista. Frente a Holanda comenzó siendo un héroe -fue suyo el gran pase para el gol de Robinho-pero luego se chocó con su arquero en el empate y para rematar la cosa fue expulsado por pisotear ordinariamente a Robben. Tuvo que salir con guardaespaldas del aeropuerto de Rio de Janeiro.
Claro, lo malo de ser malo, es que te agarren. El gran Pepe Sasía, tenía una treta infalible: en los corners tiraba tierrita a los ojos del golero rival. Pero jugando por Peñarol en la Libertadores de 1965, el juez Arturo Yamasaki -recordó-: "me tenía superjunado y además yo estaba cebado con lo de la tierra […]. Perdí, que le voy a hacer". Luego, volvió a ser expulsado en la finalísima con Independiente. Nadie recordó que se había perdido aquel partido pagando tributo a la inexperiencia de una joven defensa y que Rocha erró un penal. La directiva lo acusó de irresponsabilidad por sus dos expulsiones y lo sacó del club. "Han pasado veintisiete años y todavía siento que dejé ahí algo de mi vida -escribió en 1992-, se deshacía".
Pero si hay que elegir una historia, entra tantas, la de Moacyr Barbosa, arquero brasileño en el mundial de 1950, es inevitable. En primer lugar, porque es más que discutible que haya cometido un error fatal en el celebérrimo gol de Ghiggia, ello sin contar que "el veloz puntero uruguayo", dijera Solé, siempre había escapado "al contralor de Bigode", su marcador y que Brasil dispuso aún de once minutos para lograr un empate que le hubiese dado el campeonato.
Barbosa murió en el 2000, aislado y pobre, pero no en el olvido. Jamás dejó de ser el padre de la huérfana: "En los años ochenta en un mercado, una señora me señaló mientras le decía en voz alta a su niño: "Mirá hijo, ese es el hombre que hizo llorar a todo Brasil. […] En un país donde la pena mayor por matar a alguien es de treinta años de cárcel, hace casi cincuenta años que yo pago por un crimen que no cometí y sigo encarcelado, la gente todavía dice que soy el culpable".









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