VIVIANA RUGGIERO
La Celeste reunió en el corazón de Montevideo a varias generaciones, clases sociales y tribus urbanas. La Plaza Independencia se transformó en una tribuna que alentó y grito para ser escuchada en todo el mundo.
A las 14 horas ya se vivía un clima de fiesta en 18 de julio. Chetos, emos, planchas, dark, ancianos, jóvenes y niños formaron un éxodo rumbo a la gran "tribuna" celeste: la Plaza Independencia.
En la pantalla gigante, que se instaló en el corazón de la plaza, se mostraban imágenes de partidos anteriores, las canciones históricas de Uruguay sonaban por alto parlante y los uruguayos se iban arrimando.
Las caras se pintaban a voluntad, sonaban cuerdas de tambores, flameaban banderas uruguayas, había gorros de todos los tamaños, pelucas y las gargantas de miles de uruguayos congregados explotaban en cada cántico: Hay celeste regalame un sol y Uruguayos campeones de América y del mundo fueron las frases que más fuerte se entonaron.
Un grupo de amigas de 16 y 17 años se producían en el medio de la plaza como si fueran a salir a bailar. La diferencia era que el maquillaje era blanco, celeste y amarillo. En vez de tacos y minifalda se pusieron la remera de la selección, se colgaron de los hombros banderas, se colocaron lentes y después sombreros.
"Entrar al mundial ya fue histórico y esto es una fiesta que nunca me imaginé vivir. Todos los uruguayos haciendo fuerza para el mismo lado", dijo Eugenia, una de la chicas.
"Si Uruguay gana festejamos toda la tarde, todo el año, toda la vida porque no vivimos más de recuerdos ni de las anécdotas del 50, ahora nosotros tenemos nuestra propia vivencia. Es impagable", aseguró Florencia, otra integrante del grupo.
Muchos uruguayos llevaron sus cámaras de fotos, filmadoras y celulares. Es que además de guardar en la memoria las imágenes celestes querían registrar todos los detalles de una jornada que marcó, sin duda, a Uruguay como país.
"Estoy filmando porque mi hijo está en España y le quiero mostrar la fiesta que estamos viviendo. Hay un antes y un después. Esta celebración va a marcar a muchas generaciones que nunca antes había vivido una cosa igual. Hoy no importa nada más que Uruguay. Yo tendría que estar trabajando, pero acá me ves con el mate y una ilusión gigante", comentó Ricardo (56).
La primera fila, frente a la pantalla gigante, estaba compuesta por niños, Luis Alberto Mulnedharer (el colorado de Omar Gutiérrez) y un anciano que hacia sonar una matraca gigante de madera. Jaime (83) vestía remera y pañuelo celeste y una boina negra. Con una mano sostenía la matraca y con la otra una radio que no alejó nunca de su oído izquierdo.
Jaime llegó tempranito a la "tribuna celeste". La matraca, la hizo su padre para el mundial del 30 y él la sacó a relucir en el mundial del 50. El añoso instrumento sonó ayer como nunca. "Es la de la suerte por eso está acá, en primera fila, alentando a Uruguay", dijo emocionado.
La primera vez que el goleador Diego Forlán apareció en la pantalla, el anciano, le dijo a las nuevas generaciones que lo rodeaban que el rubio "era el hombre de los goles y que había que tenerle fe".
A las 15.30 horas sonó el silbato y la gente grito y alentó como si fuera la última vez.
"Ah se salvaron", comentó Juan con un remate de Forlán a los 4` de partido. "Estamos bien porque estamos teniendo más condiciones de gol", tranquilizaba Jaime.
A los 17` el grito de "soy celeste" empezaba a tomar fuerza nuevamente y a los 30` con la retirada de la cancha del capitán, Diego Lugano, las gargantas y aplausos volvieron con fuerza para que el aliento uruguayo llegara a Sudáfrica.
El silencio tuvo muy poco lugar en la plaza, pero la imagen que mostraba a Jorge Fucile inconsciente, tirado en la cancha, enmudeció y paralizó a la "tribuna" que cuando lo vio de pie nuevamente volvió a festejar. "¿Qué le pasó mamá?" preguntó una nena de no más de seis años. "Se lastimó, pero ya va a estar bien", la tranquilizó su madre.
Volvió el silencio con el gol de Ghana cuando faltaba menos de un minuto para que terminara el primer tiempo, pero el "soy celeste" llegó nuevamente. "Como dice Martín Fierro el que afloja se lo lleva la corriente, hay que meter", aseguró Jaime, que arengaba como si fuera un adolescente.
LA OTRA MITAD. Gritos desgarradores para el comienzo del segundo tiempo. La multitud se enojó con un foul que le cobraron a Edinson Cavani y la bronca fue aún mayor cuando el juez le mostró tarjeta amarilla a Egidio Arevalo Ríos. Pero las caras largas se fueron con el gol uruguayo. Choque de manos y abrazos. No importaba con quien, la cuestión era que Uruguay había empatado .
Los minutos transcurrían, los nervios aumentaban y cuando el encuentro llegó a los 90` el comentario general era "por favor penales no". Las gargantas siguieron a pleno en el alargue. Hasta que llegó la "mano de Dios", la roja a Luis Suárez y el penal para Ghana. Lágrimas empezaron a correr por algunos rostros pintados, otros se agarraban la cabeza. Es que se venía la despedida al sueño y el gritar `Uruguay nomá` se estaba quedando atragantado.
Inexplicable la reacción de la multitud cuando la pelota dio en el travesaño. Inexplicable los nervios en los penales y más inexplicable fue la reacción del pueblo cuando ese grupo de amigos logró que Uruguay quedara entre lo mejores del mundo. Una chica se animó, en el medio de la fiesta, a hablar por celular: "Mamá esto es histórico, es increíble", repetía sin parar. La voz del Canario Luna sonó a todo volumen y la fiesta recién comenzaba.
Pantalla será la cábala
Delante de la pantalla gigante había una zona de exclusión para invitados y periodistas. Allí estuvo Eduardo Galeano, la cantante Mónica Navarro, el músico Jorge Nasser, autoridades del Ministerio de Turismo, entre otros. Los periodistas y algunas figuras públicas intentaron mantener una postura "tranquila" durante el partido. Pero cuando Uruguay se metió entre los mejores del mundo, hasta un periodista coreano recibió besos y abrazos. "Para el próximo todos tenemos que estar en los mismos lugares", dijo el organizador del evento. "Yo dependo de mi editor", gritó una periodista.
El gobierno lo vivió en la planta de Envidrio
SEBASTIÁN AUYANET
A pocos segundos de que Sebastián Abreu pateara el penal, los fotógrafos no sabían de qué estar pendientes: si del posible festejo del presidente José Mujica, o de la clasificación a la semifinal. Una vez que la pelota entró, miembros del gobierno, comunicadores, periodistas, jugadores de fútbol y empleados de Envidrio saltaron, se desahogaron y se abrazaron todos con todos. Mujica vio todo el partido sin moverse de su silla en primera fila y casi no habló, aunque antes del partido vaticinó un "futuro naranja" después de dar una vuelta por la planta.
Las bandejas de bizcochos casi vacías que se habían ido minuto a minuto, los paquetes de yerba y las pequeñas botellas de refresco que algunos empleados repartieron para todos quedaban como testimonio de una tarde de nervios apenas matizados por chistes de Ruben Sosa y bromas de los obreros a varios comunicadores.
Después del partido, todos los entrevistados no sólo coincidieron en el abrazo entreverado, sino en la externalidad principal del triunfo: "esta es la prueba de que todos juntos podemos hacer cosas, de que con sacrificio y trabajo se puede".
Las palabras del senador Ernesto Agazzi se repitieron casi exactas en el futbolista de Nacional, Christian Núñez y en el ministro de Turismo y Deporte, Héctor Lescano ("que nadie pretenda capitalizar políticamente este momento", agregó). También en el conductor Omar Gutiérrez, el subsecretario del Interior, Jorge Vázquez, y los músicos Eduardo Larbanois y Mario Carrero.
Fue el propio Carrero quien sumó una idea más en medio de los cánticos: "lo que me maravilla es la recuperación de la mística de pertenecer a un lugar. Rescatar quiénes somos. Uno mira de otra manera cuando sabe y está orgulloso del lugar de dónde es".