JORGE ABBONDANZA
Viven con dos dólares por día. Son el 25% de la población latinoamericana, es decir unos 130 millones de personas. Pero además el doble de ese porcentaje carece de instalaciones sanitarias (baños, letrinas) mientras dispone de los mayores índices de mortalidad infantil, analfabetismo y desempleo. Frente al resto del mundo, el caso de Latinoamérica es vergonzoso, porque figura como el continente con la peor distribución de la riqueza, donde son más agudos los desniveles entre opulencia y miseria. Para tener idea de ese abismo, conviene saber que el 10% más rico de la población se queda con el 48,6% de todos los ingresos, mientras el 10% más pobre se reparte el 1,6% de esos recursos. Claro que en África subsahariana hay más indigencia, pero ni siquiera allí se registra una brecha tan pronunciada entre los de arriba y los de abajo.
Un informe de ONU que se conoció la semana pasada, muestra las dos caras de ese panorama. Por un lado hay datos alentadores, indicando que la población marginal ha disminuido en los últimos veinte años, porque en 1990 representaba el 46% de los habitantes del Tercer Mundo y actualmente es el 27%, aunque los planificadores esperan que caiga al 15% dentro de cinco años, de acuerdo a las metas fijadas en los Objetivos del Milenio, que se anunciaron (con bastante optimismo) en una reunión cumbre del año 2000. Por el camino surgió sin embargo la crisis económica mundial, que desde 2008 ha abatido el crecimiento de algunas regiones, reduciendo de paso la ayuda prestada por los países ricos a los menos desarrollados.
La otra cara es más oscura, porque en el mundo pobre la educación primaria no llega a todos los niños, la igualdad de oportunidades para los dos sexos sigue siendo una ilusión y la lucha contra enfermedades endémicas no avanza como se esperaba. Es cierto que el umbral más bajo de la penuria -que es el extremo de la indigencia- se achicó en Latinoamérica, pasando del 11% en 1990 al 8% en 2005. También es verdad que la mortalidad entre niños menores de 5 años disminuyó desde el 52 por mil en 1990 al 23 por mil en 2008.
Irónicamente, empero, en el Año Internacional de la Biodiversidad, ha crecido en el mundo en desarrollo la destrucción de los bosques. Esa atroz deforestación, que tiene su mayor pico en el enorme talado de la Amazonia, es otro dato vinculado al impulso explotador, la ignorancia, el descontrol del lucro, el desequilibrio demográfico y la despreocupación por el destino del planeta y de su atmósfera, suma de carencias que aqueja a las regiones menos favorecidas del mundo. Allí se produce un contrapeso, acentuado por el papel que juegan las clases sumergidas, obligando a entablar una batalla contra la pobreza, las desigualdades, el desconocimiento y la violencia social que deriva de esos otros males. La batalla durará varias décadas, en el mejor de los casos.