GERARDO SOTELO
Podríamos decir que la selección de fútbol ya triunfó. Que el Uruguay todo está triunfando. Deberíamos aprovechar el buen momento de la celeste en este Mundial para hacer algunos otros aprendizajes.
Cuando yo era niño, a nadie se le hubiera ocurrido celebrar el pasaje a cuartos de final como una hazaña. La memoria de los éxitos olímpicos y mundiales era de tal peso, que pronto se convirtió en una lápida más que en un pedestal.
Hasta el partido con Brasil por la definición de la Copa América de 1989, los uruguayos nos jactábamos de que nuestra selección nunca había perdido una final, tras setenta años de sortear con éxito tales circunstancias. En la década del noventa, cuando obtuvimos el vicecampeonato mundial juvenil de Malasia, todavía había muchos hieráticos compatriotas que no festejaban segundos puestos. Como la única hipótesis de éxito era salir campeones y tal objetivo parecía inalcanzable, derrapamos de frustración en frustración.
Simbólicamente, la sociedad que fue cuna de campeones y Suiza de América, compartió la decadencia económica con la deportiva, lo que indujo a muchos teóricos a sacar falsas conclusiones. La causa de la derrota suele estar en la cabeza, allí donde campea la subjetividad, la autoestima, las representaciones del mundo y de nuestras propios límites. Nuestros abuelos eran ricos, no porque tuvieran grandes riquezas materiales sino porque hacían de lo poco, mucho. Es una cuestión subjetiva, que nada tiene que ver con la disponibilidad de bienes materiales. Volviendo al fútbol, el cambio generacional trajo no sólo un puñado de jugadores excepcionales, sino la posibilidad de empezar a dimensionar nuestras hazañas de otra manera. De golpe, descubrimos que éramos ricos.
Los periodistas deportivos dicen que la selección está teniendo un desempeño histórico. Un razonamiento arbitrario por cuanto desconoce las victorias del pasado, pero ajustado a una visión de la historia que no va más allá de la memoria generacional. Para cualquier persona u organización, ganar es siempre ganarse a uno mismo, a las barreras que no pudimos superar antes. Planificar bien los partidos, poner en la cancha coraje y técnica para obtener buenos resultados, es un camino que muestra un estado óptimo. Los actores involucrados en este itinerario celebran paso a paso, porque saben que cada vez que nos enfrentamos a nuestro propio límite y lo superamos, salimos triunfantes.
Salir campeón es una contingencia excepcional, a la que se puede llegar o no. En Maracaná fuimos campeones, pero iniciamos una declinación de la que creímos no salir nunca. Brasil, en cambio, se convirtió en la mayor potencia del fútbol mundial a partir de una derrota que fue vivida como una tragedia.
Nadie sabe qué va a pasar con el equipo de Tabárez. En algún sentido, tampoco importa. Los uruguayos ya ganamos porque aprendimos a ver los triunfos de la selección celeste como una victoria sobre nuestra falsa percepción de la realidad y de nuestros límites. Una victoria sobre nosotros mismos.