Apesar de ser una disciplina agotadora, la danza puede convertirse a veces en un seguro de vida. En estos días lo demostraron el bailarín japonés Kazuo Ohno (que murió en Yokohama a los 103 años) y la bailarina rusa Marina Semionova (fallecida en Moscú a los 102). Esa doble longevidad no parece tan sorprendente si se considera que la cubana Alicia Alonso acaba de celebrar sus 90 años con un homenaje que le organizó en Nueva York el American Ballet Theater, la compañía donde comenzó su estrellato hace siete décadas. Algunos uruguayos veteranísimos recuerdan la versión completa de El lago de los cisnes que Alonso bailó con Igor Youskevitch en l955 en el montevideano teatro Artigas, una sala que desapareció antes que ella.
Pero los bailarines que han vivido más son aquellos dos difuntos:
Kazuo Ohno(nacido en 1906 en Hakodate) fue una figura solitaria y única. En 1929 había quedado deslumbrado por la bailaora de flamenco Antonia Mercé "La Argentina" y resolvió entonces dedicarse a la danza. Pero en 1938 debió incorporarse al ejército de su país, peleó en la guerra mundial y estuvo prisionero en Australia. Sólo en 1946 pudo volver a los estudios coreográficos. Para desarrollar el estilo que lo convertiría en un monstruo sagrado, Ohno abandonó las rutinas del teatro Noh y el Kabuki, lanzando la danza Butoh, una experiencia de vanguardia que "parece detener el tiempo", donde "los movimientos se eternizan" y el bailarín se convierte en "una escultura cinética". Desde que fundó su propia compañía en 1977, a los 71 años, Ohno fue aclamado por la crítica internacional a través de sus giras mundiales. La idea de la muerte -a raíz del impacto de Hiroshima y Nagasaki- rondaba la danza de esta anciana celebridad.
Marina Semionova (nacida en 1908 en San Petersburgo) se había graduado a los 17 años en el Instituto Coreográfico de esa ciudad y en 1930 ingresó al Bolshoi de Moscú, donde competiría con la gran Galina Ulanova y en el que mantuvo su rango de prima ballerina durante más de dos décadas. Pero a partir de 1953 comenzó una labor docente que la haría adorada por sus alumnos, entre los cuales figuraron Maia Plissetskaia y Natalia Bessmertnova. En sus temporadas de apogeo, Marina brilló especialmente con La bayadera, Raimonda y El lago de los cisnes, donde volcó su portentosa técnica, sumando ese destello personal al prestigio del ballet clásico durante la era soviética. Ella había nacido antes de ese período y por fin lo sobrevivió, demostrando que la buena salud puede ser más duradera que la doctrina política.
Frente a esas figuras centenarias, Alicia Alonso debe sentirse como una muchacha. Pero haber vivido tanto como Ohno y la Semionova es una manera de convertirse en posteridades de carne y hueso.