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Francisco Faig
Avanzar hacia un país de primera: ese fue el mensaje que votó el país en 2009. Meses más tarde, seguimos convencidos de que así como vamos podremos alcanzarlo. Ni el hombre de la calle ni la mayoría de las elites intelectuales (simpatizantes o adherentes de la izquierda) creen lo contrario.
El país se mira el ombligo y está conforme.
Y cuando levanta la mira, ratifica su plácido sentimiento en la comparación con el vecindario. Somos más democráticos que Argentina; tenemos un sentido más igualitario que Brasil; avanzamos más decididamente que Paraguay en la economía capitalista con reglas de juego respetadas; no estamos al borde de la guerra civil como en Bolivia; no sufrimos los embates de populismo caribeño a lo Chávez; gobernamos nuestro territorio mucho mejor que Colombia y Perú; no sufrimos del déficit republicano de Ecuador.
Y en cuanto miramos más alto, con ojos condescendientes, quedamos conformes con nuestra evolución económica frente a la fenomenal crisis de 2008 en los Estados Unidos, o ante la de los países del Sur de Europa, tan parecidos al nuestro -demasiado- en sus culturas mediterráneas.
Así, parece bastante lógico reivindicar el camino emprendido que, además, nos acaricia el viejo espíritu de la excepcionalidad uruguaya. Sin embargo, todo este razonamiento tan extendido peca de autocomplacencia. Sufre de un fenomenal encierro intelectual y de nuestra falta de sentido de excelencia.
Es que no actuamos con diligencia en dimensiones determinantes para el futuro nacional. Por supuesto, en la educación nacional. Se nos cae a pedazos la educación de las clases populares sin avizorar una mejora sustancial y contundente que rompa con este declive anunciado y angustiante.
Pero como la educación, sufre el país la insuficiente infraestructura nacional del transporte; la débil matriz energética que no termina de reformularse; el menguado sentido empresarial cercado por el corporativismo sindical; la frágil seguridad pública en su agobiante decadencia; la tremenda ineficiencia de un Estado que no avanza en su reforma; el Estado de derecho aturdido por un populismo rampante.
Para tener un país de primera, tenemos que salir del encierro tranquilizador con el que nos cobijamos.
Cuando el Uruguay fue un país excepcional en el mundo, no gustaba compararse con la región. Eran otros los modelos a seguir. Hoy, es claro que Finlandia tiene una mejor educación; que Francia resolvió mejor su desarrollo de infraestructura de transporte; que Chile tiene empresarios competitivos y sindicatos en serio; que Suecia o Portugal disfrutan de una mejor seguridad pública; que Brasil o España tienen Estados más eficientes que el nuestro; y que, definitivamente, ninguno de esos países, se deja seducir por un discurso populista que ponga en tela de juicio el Estado de derecho. Quién diga que cito modelos inalcanzables, reflejará esa mentalidad del encierro, tan extendida, que gusta concebirnos como un "paisito" anémico.
Está bien tener un objetivo ambicioso. Está mal creer que, así encerrados, lo alcanzamos.










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