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Luciano Álvarez
Es difícil, sino imposible, discernir entre la Historia y la Leyenda cuando se trata de temas cultivados por la memoria popular y desamparados por la investigación. El fútbol es uno de esos asuntos. De modo que procuraré eludir los riesgos apelando, en lo posible a los datos puros.
Se cuenta que en los años 20 y 30 del siglo pasado, el fútbol que se practicaba en Europa Central era capaz de medirse con los gigantes del Río de la Plata. Como en el Uruguay, allí se practicaba el estilo escocés, basado en pases cortos y la pelota al ras del suelo; en palabras del memorable Vasco Cea: la "cortita y al pie".
El equipo maravilla de los austríacos, el "Wunderteam", era considerado el mejor de Europa, pero no participó de las olimpíadas de 1924 y 1928. Menos aun estaba dispuesto a emprender una larga travesía para llegar al lejano Uruguay. Prefirió pasear su magia por Europa, de modo que uruguayos y austriacos no se encontrarían hasta 1954, cuando uno entraba en el ocaso y los días de gloria del otro se habían cambiado por dramas y tragedias.
El técnico era Hugo Meisl, un judío de origen checo, para quien era preferible entrar con diez antes que verse obligado a poner a un torpe en su equipo. Matthias Sindelar, nacido en 1903, era la estrella. Como Meisl, era judío de origen checo. Su familia había emigrado a Viena y vivía en el Favoriten, un barrio obrero densamente poblado. Por esas calles del arrabal vienés, empezó a jugar al fútbol, con una pelota de trapo. Era más bien alto, pero tan flaquito que se ganó el apodo de "Papelito".
Su padre murió combatiendo en la Primera Guerra Mundial, en 1917; su madre y sus tres hermanas tenían una pequeña lavandería mientras Matthias trabajaba como aprendiz de mecánico y jugaba al fútbol, ahora con pelota de cuero. En 1918 - tenía solo 15 años- debutó en la Primera División del Hertha. En 1924 pasó al Austria Viena, ya convertido en estrella. En 1926 debutó en la selección.
Friedrich Torberg escribió: "Ponía gracia y fantasía, su juego era natural, fácil y alegre; siempre jugaba, nunca luchaba".
El 11 de febrero de 1934, cuando solo faltaban tres meses y dos semanas para el inicio de la Copa del Mundo de Italia, el Wunderteam derrotó a los italianos en Turín por 4 a 2, con paseo incluido y sin Matthias Sindelar.
En los últimos años, desde 1931, los austríacos habían jugado 31 partidos; apenas perdieron dos, empataron uno y convirtieron 102 goles. ¿Quién podría quitarle la Copa del Mundo a estos magos?
La grandilocuente consigna que Mussolini había impuesto a sus jugadores era "Vincere o morire". El régimen se encargaría de hacer más liviana su carga para que el mundial fuera una demostración de las glorias del fascismo. Los jugadores apenas pondrían "la energía de la desesperación", confesaría más tarde el delantero Angelo Schiavio.
El de 1934 fue un Mundial excepcionalmente violento. Austria le ganó a Francia 3 a 2 y luego a Hungría 2 a 1. El parte de guerra indicó que media selección austríaca quedó lesionada. Ese mismo día Italia y España protagonizaron otra batalla, que terminó 1 a 1 con tres italianos y cuatro españoles fuera de combate para el desempate que se jugó al día siguiente, con la misma violencia y un juez que la permitió. Ganó Italia con un gol ilícito por falta sobre Zamora, el golero español.
El 3 de junio de 1934 en Milán y bajo una lluvia torrencial, Italia recibió a los austríacos. Con otro juez amigo, el sueco Ivan Eklind, Italia repitió el plato de hacer un gol luego de cargar sobre el arquero. En el resto, el violento Luis Monti, "doble ancho" -uno de los cuatro argentinos de Italia- se encargó de Matthias Sindelar y Austria quedó fuera.
En la final, con el amigo Eklind nuevamente como juez, Mussolini festejó su Copa del Mundo, mientras, los restos del Wunderteam, perdía el tercer puesto frente a los alemanes.
En los dos años siguientes, Austria ya no volvió a ser la misma; ganó y perdió. Sindelar, ya veterano, fue relegando sus presentaciones en el equipo y Hugo Meisl murió de un ataque cardíaco en febrero del 37.
El 12 de marzo de 1938 se produjo el Anschluss, la anexión de Austria como una provincia del Reich nazi. El seleccionador alemán podría disponer ahora de los mejores jugadores austríacos para disputar la copa del Mundo de 1938, en París, que comenzaría el 3 de junio.
Dos meses antes, exactamente, se decidió que sería bueno festejar la fusión y despedir, para siempre, a la selección austríaca, precisamente frente a los alemanes. A los austríacos se les sugirió que sería de buen gusto que ganaran sus nuevos compatriotas.
Se cuenta que Sindelar y alguno de sus compañeros se negaron a hacer el saludo nazi. Durante el primer tiempo cumplieron con la farsa, pero al final decidieron que había que ganar; Sindelar hizo uno de los dos goles que dejaron de mal humor a las autoridades del Reich.
Nueve titulares de la selección austríaca fueron reclutados por los alemanes para jugar la copa del Mundo de 1938. Walter Nausch, el capitán, huyó a Suiza junto a su esposa judía. Sindelar no estaba catalogado como judío, o al menos los nazis pretendieron hacer la vista gorda, pero pretextó sus 36 años edad y lesiones mal curadas. No fue, pero tampoco emigró.
Alemania hizo un papelón y quedó eliminada de primera.
El 29 de enero de 1939 Matthias Sindelar y su amante Camilla Castagnola, aparecieron muertos en su apartamento, por un escape de gas. Pudo haber sido suicidio, accidente o un crimen de la Gestapo. Nunca se sabrá.
Las Copas del Mundo son, para los uruguayos, un puñado de recuerdos épicos, alguna tragedia y no pocos desencantos. Para los austríacos son pesadillas. Luego de la guerra, recuperada su independencia volvieron a los mundiales en 1954; Alemania los dejó fuera de la final, con un 6 a 1, aunque logró un tercer puesto ante Uruguay. Todavía participaría en cinco mundiales más con resultados decepcionantes.
Para colmo de males les mancha la vergüenza del pacto antideportivo que acordaron con los alemanes para pasar ambos a la siguiente ronda y dejar fuera a los argelinos, en el Mundial de España, en 1982.










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