MATÍAS CASTRO
Convirtió la península ibérica en una isla, creó una pandemia de ceguera, bajó los Evangelios a tierra, cuestionó la sociedad de consumo, siempre desde la literatura. El portugués José Saramago falleció ayer a los 87 años y dejó una gran obra.
Hace diez años visitó Uruguay para recibir el título Doctor Honoris Causa de la Universidad de la República. Acababa de publicar La caverna, una novela que remitía a la idea de La caverna de Platón y también se refería a la escalada del consumismo en nuestras sociedades. Durante su conferencia ante un atestado Paraninfo de la Universidad, Saramago habló con notable sencillez, esa que hace muy parecidos a los uruguayos y los portugueses, sobre el mismo tema. Entre otras cosas preguntó, en forma retórica, por qué los centros comerciales debían se llamados shopping centers cuando en castellano y en portugués hay palabras para denominarlos. Y aunque en el resto de su conferencia no pudo evitar usar la expresión en inglés, formuló una crítica dura, fundamentada y sobre todo humanista, sobre el impulso consumista irracional que en las últimas décadas ha ganado lugar en sociedades que no lo eran.
En esos minutos ofreció una muestra de quién era y de qué va su obra: una combinación muy seductora en las palabras, de narrativa sólida y lúcidos apuntes críticos sobre el ser humano. La política y el compromiso social siempre fueron parte indisoluble de la vida de este portugués nacido en Azinhaga, en 1922. Supo lo que es la persecución ideológica durante la extensa dictadura de Antonio Salazar y también, cuando volvió la democracia en 1969, se afilió al partido comunista. Pero no fue un militante cerrado, sino que se permitió ser un duro crítico, como fue con Luis Inácio Lula Da Silva y con Fidel Castro, a quienes apoyó y luego cuestionó públicamente.
en uruguay. Ensayo sobre la ceguera sigue siendo su best seller, el libro con el que cualquier lector desprevenido puede identificarlo. Sin embargo, su bibliografía fue muchísimo más extensa y trascendió el carácter de buenas historias bien escritas que le podría adjudicar cualquier lector desprevenido de aquella novela, que tuvo la mayor de las tres adaptaciones al cine que se hicieron sobre su obra. Las otras fueron La balsa de piedra, protagonizada por Federico Luppi, y Embargo, un film portugués basado en un cuento homónimo.
Ensayo… se apoya en un ritmo vertiginoso, una idea atrapante y una visión funesta sobre la naturaleza humana, similar aunque más cruda que la que corre detrás de novelas de distinto tenor como Rebelión en la granja y Frankenstein. Con enorme destreza literaria, Saramago se las arregla para que una historia sobre la incapacidad de ver sea tan visual como para permitir una película.
Así y todo, el ganador del Nobel tardó mucho en autorizar una adaptación, y cuando finalmente vio la película Ceguera (filmada en parte en Montevideo, con fotografía del uruguayo César Charlone), se mostró satisfecho pero su opinión no tomó estado público.
El escritor Tomás de Mattos fue quien lo presentó aquel martes del año 2000 en el Paraninfo y recuerda hoy cómo se sorprendió al ver que el lugar estaba lleno de gente de las más diversas edades. Al contrario de lo que habitualmente ocurre en presentaciones de escritores, donde el público es mayor y sobre todo femenino, la audiencia la formaban hombres, mujeres, estudiantes, profesionales y funcionarios públicos. Además de sorprenderse por la amplia atracción que ejercía en la gente, De Mattos se asombró por la sencillez de Saramago, vinculada a la humildad de su origen, algo que se hacía explícito en sus frecuentes referencias a su abuelo.
A pesar del prestigio y el dinero que le aportó el premio Nobel que recibió en 1998 y de que desde la década del ochenta había desarrollado una fructífera carrera como escritor, nunca olvidó los orígenes humildes de su familia. Eso hacía que el recuerdo de su abuelo, entre otras cosas, siempre estuviese presente. Sus padres eran campesinos pobres y sin propiedades, que ni siquiera pudieron evitar que la brutalidad de un funcionario público (o su intento por hacer una broma, según quien cuente la historia) convirtiese el apodo familiar, Jaramago, nombre que alude a una planta, en el apellido de su hijo. El apellido debía ser De Sousa.
en carrera. A los 12 años se inscribió en la escuela industrial donde en virtud de los programas de estudio de aquellos tiempos, se incluían asignaturas humanísticas y lectura de clásicos de la literatura. Como sus padres no pudieron pagarle los estudios debió dejar la escuela y trabajar en una herrería, aunque continuó como lector voraz por su cuenta, gracias a las bibliotecas públicas. Más adelante pasó a trabajar como administrativo y en 1947 publicó su primera novela, Terra de pecado, que no tuvo éxito. Durante los siguientes veinte años abandonó la literatura porque, según contó, no tenía nada para decir. "Y cuando no se tiene algo que decir, lo mejor es callar". Ese proceso, igualmente, le sirvió para aprender el oficio de periodista, crítico literario y traductor, tareas a las que recién en 1976 pudo dedicarse a tiempo completo.
Su reencuentro con la literatura fue cuando en 1980 publicó Levantado del suelo, con la que ganó una gran aceptación de público y crítica. De ahí en adelante las novelas Memorial del convento (1982), El año de la muerte de Ricardo Reis (1984), La balsa de piedra (1986), Historia del cerco de Lisboa (1989) y El evangelio según Jesucristo (1990) le fueron dando un prestigio y un nombre cada vez mayor fuera de fronteras. El evangelio… dio pie a una gran polémica, cuando el gobierno portugués la consideró ofensiva para los católicos. En los hechos, lejos de serlo (hay quienes la consideran como punto de arranque en la fe), esa novela es una hermosa e inteligente relectura de los Evangelios, sin dejar atrás el espíritu cuestionador y peleador de Saramago.
Esa polémica y esa misma actitud como respuesta, se repitió hace menos de un año cuando publicó Caín, su última novela. El escritor no tuvo ese espíritu solamente en la ficción, sino también en sus libros de ensayo y diarios, publicados bajo el título de Cuadernos de Lanzarote.
Conversador y polemista incansable, tanto que su viuda había dicho "Si tú estás al lado de José, tienes diálogos, disquisiciones, discusiones, polémicas", Saramago era un tipo accesible, a pesar de la apariencia que tenía. La segunda vez que De Mattos se encontró con él, le preguntó en confianza si podía llamarlo Tío Pepe, debido a la influencia y familiaridad que sentía en su obra. "No, que me recuerdas al jerez. Dime Tío José", le respondió, dando cauce a una buena relación entre los dos.
También tuvo una buena relación con Mario Benedetti, por quien pidió una lectura colectiva cuando el uruguayo estaba internado antes de morir. Ambos escritores se conocieron en un aeropuerto, mientras esperaban un vuelo demorado, recuerda Sylvia Lago. Estaban con sus respectivas esposas y el portugués le dijo al uruguayo: "Vamos a dejar que las dos se vayan a mirar un poco las tiendas y las vidrieras, y nosotros nos quedamos para hablar de literatura".
Mientras escribía El viaje del elefante, su penúltima novela, Saramago leyó a Onetti y lo tuvo como referencia. Ese era solo el tercero de los múltiples lazos que tuvo con Uruguay. Quienes tuvieron oportunidad de verlo en persona, durante sus visitas, tienen otro lazo más aparte del trazado por sus novelas. Por eso ayer, en Lanzarote, donde vivió, se veló su cuerpo con lecturas espontáneas de visitantes. Hoy su cuerpo llegará a Lisboa donde mañana será cremado.
Despedidas de políticos y artistas
Los presidentes de Portugal Anibal Cavaco Silva, de España José Luis Rodríguez Zapatero y de Brasil, Luis Inácio da Silva fueron los primeros de un amplísimo espectro político internacional en manifestar el pesar ante la muerte de Saramago. Intelectuales y artistas de varios países se sumaron al coro de despedida, entre ellos el cineasta Fernando Meirelles (que llevó al cine Ensayo sobre la ceguera). El gobierno portugués además decretó dos días de duelo nacional.