ALEJANDRO NOGUEIRA
La noción de soberanía del actual gobierno provoca desconcierto. El ministro de Defensa reacciona airadamente -y con razón- frente al poderoso imperio del Norte porque unos ignotos funcionarios de Migraciones maltratan a una asesora y cuestionan el pasado del secretario de Estado. Una actitud soberbia tradicional de Estados Unidos, agudizada tras los sucesos del 11/9 y basada en su legislación interna.
Pero, del otro lado, el presidente sorprende con su anuncio de que dejará entrar a representantes del gobierno argentino a controlar a una empresa privada instalada en territorio nacional. Quizá mañana también permita a funcionarios impositivos del vecino país ingresar a bancos y registros de propiedades ha husmear sobre los activos de ciudadanos argentinos en Uruguay. No hay diferencia, salvo que no se armó un piquete sobre un puente reclamando transparencia tributaria.
La voltereta de Mujica descoloca. Todos habíamos asumido que quedaban algunos jirones de dignidad al apegarse al fallo de La Haya y a las potestades de la Caru, y aplaudimos las posturas del canciller y de la primera senadora y dama del país, que rechazaron el desbordado e innecesario reclamo argentino de ingresar a controlar en la planta de UPM, cuando el problema está -o no está- en su impacto en el río. El arresto soberano duró poco; el canciller no renunciará tras quedar desairado por su presidente, y Topolansky bancará la cabriola como una buena esposa acostumbrada a estas piruetas bonachonas.
También habíamos asumido que lo mejor era dejar que el gobierno de Cristina Fernández se las arreglara con la bestia que había alimentado.
La tradicional muralla de autodefensa de un país pequeño y vulnerable, sustentada en el derecho internacional y en algunos principios respetados por todos los gobiernos democráticos, sigue derrumbándose como si fuera de arena. Se trueca por salidas intempestivas del libreto basadas en la presunta viveza y en el supuesto olfato presidencial, lo que es una pesadilla en materia de diplomacia, que no es un juego de boliche.
Cuando los Kirchner están dispuestos a asumir un costo más por sus errores, el presidente uruguayo sale a darles una manito a cambio de nada, en otro gesto errático de política exterior que, además, transmite incertidumbre al generar una nueva perforación en las reglas del derecho y en los usos y costumbres del país. Siguiendo esta lógica oficial, para ver merodear a los sicarios del director de Comercio argentino, Guillermo Moreno, -famoso por sus trabajos contra el mercado, las leyes, y las estadísticas-, por los bancos locales sólo hace falta otro piquete o que Argentina se ponga dura ante las demandas uruguayas en materia de energía o de puertos.
La inesperada ayudita a Cristina luce gratuita e innecesaria ante una situación desatada en el país vecino que conduce inexorablemente a que el corte se desintegre tarde o temprano. Querer apurarlo a costo soberano apila gestos que indican no sólo un apartamiento de las tradiciones en materia de política internacional, sino que asfaltan el camino a la transformación de Uruguay en una republiqueta.
Esperemos que, a la vez, el ministro Rosadilla no declare la guerra a Estados Unidos.