Sebastián da Silva
Wilson Ferreira hacia una definición perfecta del Uruguay y los uruguayos. Decía que éramos una comunidad espiritual, un conjunto de valores distintivos que nos hacia diferentes a cualquier otro país del mundo, especialmente diferentes a los de nuestra América Latina.
El Uruguay es la rebeldía de la "redota", el sentimiento oriental artiguista, la suspicacia inglesa para darnos autonomía como nación, la lamentable masacre del Salsipuedes, el puerto de aguas profundas, la influencia laicista de Batlle y Ordóñez y el eterno sentimiento de libertad de Aparicio Saravia. Todo esto y mucho más nos hace distintos, y sintomáticos. Tenemos más los ojos en el pasado haciendo de la noche de la nostalgia y el día del patrimonio un ícono nacional. Vivimos entre vecinos, lo que nos hace una sociedad más pacata y conservadora donde el "qué dirán" influye cotidianamente. Es el único país de la tierra en donde se es "jovencito" hasta pasados los cuarenta y cinco años, y padecemos de una virtuosa capacidad de discernimiento que nos transforma en críticos implacables de aquellos a quienes les depositamos el mandato de dirigirnos.
Hay otra característica que nos marcó a fuego, y aunque no tenga nada de antropológica, es una de las marcas y señales con que salen todos los bebés nacidos en los hospitales y sanatorios de nuestro territorio: el fútbol. Aunque parezca una banalidad, el fútbol es un sacramento oriental, fuimos bendecidos por haber sido los organizadores y campeones del primer campeonato mundial y de haber protagonizado en 1950 la mayor hazaña futbolera que el mundo recuerde. Personalmente me encuentro dentro de los que le cansa la retórica del Maracanazo. Me suena a bombo de periodista deportivo, de lugar común amanuense para tener algo en que destacarnos, pero objetivamente es de los hechos más imponentes en la historia de la FIFA y que solo lo vivimos los que habitamos al sur del Cuareim, al Este del Río Uruguay y al Norte del Río de la Plata.
Esa mezcla de legado y cruz, obliga a tener una pseudo rebeldía sobrenatural para superar adversidades, que sobrepasan lo deportivo. Por esa final contra Brasil, incorporamos en nuestro ADN sociológico el "vayan pelando las chauchas", la soberbia de imaginarnos a veces el ombligo del mundo y de adaptar nuestras mandíbulas a dentaduras apretadas que pelean hasta el último minuto en competencias de cualquier naturaleza.
Hoy comienza un nuevo camino de alegrías y frustraciones. Veo a mi hermano de 16 años y me recuerda mis cálculos después de aquel partido con Dinamarca, y me imagino dentro de 10 años a mi hijo por nacer con el mismo cosquilleo. Es que el fútbol forma parte sustancial de nuestra comunidad espiritual, es no sentirnos menos que nadie, es guapear donde nadie se anima y es de tener una esperanza infinita.
Sea cual sea el resultado de nuestra selección, está muy bueno poder reeditar estos sentimientos excluyentes durante todo lo que dure el mundial, porque ser uruguayo es inequívocamente estar inmovilizados cuando la oncena celeste juega un mundial. Mucha fuerza y mucha suerte.