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Es un cóctel mortífero. Se compone de ocio improductivo, marco familiar desintegrado, frecuente drogadicción y delito a mano armada. Afecta a buena parte de la juventud marginal de nuestra sociedad y genera uno de los mayores focos de perturbación entre los que alteran actualmente a las ciudades uruguayas, alimentando el fenómeno de la inseguridad y convirtiendo a la población en rehén de esa amenaza, que se traduce en una oleada de hurtos, rapiñas y copamientos como oscuro anecdotario cotidiano, cuyo reflejo cada vez más palpable es el temor generalizado. El resultado de ese cuadro es la injusta ecuación de que los más inútiles despojen a los más útiles, apropiándose por la fuerza del fruto del trabajo ajeno. Cuando esos episodios eran ocasionales, podía hablarse de un clima social enrarecido, pero cuando llegan a ser constantes, debe hablarse ya de un clima insostenible.
La realidad indica que no basta con el despliegue de los efectivos policiales disponibles, tampoco con un sistema carcelario a punto de estallar y menos aun con los precarios establecimientos donde se recluye a menores infractores. Hay que pensar en soluciones de fondo, y entonces cabe imaginar qué ocurriría por ejemplo si se aprobara en este país una ley de Servicio Laboral Obligatorio, como instrumento cultural de enorme magnitud, para encaminar a un vasto sector de juventud despistada, inactiva, dominada por la patología de la violencia, carente de todo desarrollo intelectual, todo proyecto de vida, todo concepto provechoso sobre la comunidad que integra y por lo tanto desprovista de todo futuro aceptable.
En una ciudad como Montevideo, donde el jueves pasado se detectaron doce bocas de venta de drogas en sólo dos manzanas del barrio de La Unión, no hay tiempo que perder, porque esa degradación está expandiéndose a una velocidad vertiginosa, empujada por un negocio clandestino del que participan no sólo jóvenes sino también ancianos y que no se detendrá ante el decomiso de cargamentos ni la represión del tráfico. Una ley de Servicio Laboral Obligatorio podría ser:
1) una saludable alternativa ocupacional para la utilidad disciplinaria del viejo servicio militar que tuvieron tantos países.
2) una manera ineludible de enseñar oficios a las decenas de miles de jóvenes que no estudian ni trabajan.
3) una forma de combatir al cóctel fatídico que se señalaba al comienzo, desmontándolo con las armas del sistemático esfuerzo físico o intelectual.
4) un mecanismo sociocultural para hacer frente al ritmo en que se reproducen las franjas más pobres de la población, convirtiendo a su descendencia en una fuerza útil.
5) un sistema capaz de encauzar las energías que por el momento se desahogan en la violencia que tiene como escenarios los liceos o los encuentros de fútbol.
6) una dedicación obligatoria de la que sólo estarían exonerados los jóvenes que estudien o trabajen, provistos del correspondiente certificado de asistencia.
Desde los gobernantes y los parlamentarios hasta los ciudadanos comunes, no habrá más remedio que ejercitar la imaginación planificadora y el impulso innovador en materia de normas legislativas o en la simple administración del temor colectivo, si se pretende rescatar a la sociedad de la trampa en que ha ido cayendo, es decir la de una inseguridad que está empezando a asfixiarla. No hay más que ver el gesto desesperado de los comerciantes que han sido víctimas de asaltos, y escuchar de paso sus opiniones sobre la realidad que todos compartimos, para sacar algunas conclusiones al respecto. La urgencia por llegar a esa conclusión es mucho más apremiante que los ritmos que parecen manejarse a nivel oficial para encarar la durísima acechanza que está planeando sobre los uruguayos. Esos ritmos deberán acelerarse para librar una batalla que por el momento va perdiéndose.






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