MATÍAS CASTRO
Una de las grandes trampas que tiene la actuación en televisión, es el riesgo de quedar por siempre identificado con el personaje que se interpreta. A veces los actores dan con un papel ideal, tienen éxito y lo siguen haciendo durante años. En ese tiempo amoldan el personaje a su forma de ser y, ante todo el mundo son parte de lo mismo. A Gary Coleman le pasó algo así.
Se murió a los 42 años, hace apenas dos semanas. Tuvo una vida complicada, no sólo en lo interno, sino en lo externo. Su muerte y posteridad no cambiaron mucho ese panorama. Para todos sigue siendo Arnold, hasta hoy, y ese fue, probablemente, uno de los mayores lastres que cargó, porque ante el público nunca dejó de serlo.
En comparación con lo que ha sucedido en los últimos días, su vida es apenas llamativa. Ocurre que hay una serie de fotografías que se le tomaron en el hospital, antes de su muerte. Pero una de las imágenes es de su cadáver. El morbo es infinito en este asunto, casi como lo fue en el caso de Michael Jackson. Según trascendió, el autor o propietario de esas fotos las estaba ofreciendo a varios medios este lunes, para ver quién le hacía la mejor oferta. Una imagen exclusiva del cadáver de Coleman puede valer algo de dinero, aunque nunca lo suficiente como para que el morbo sea opacado por los beneficios económicos.
Todo lo que hay alrededor de Gary Coleman suena a tristeza. Nació con un trastorno de riñón que, a la larga, le dificultó su crecimiento. En parte gracias a eso dio con su papel en la serie Arnold, que le dio fama entre 1978 y 1986 y hasta una muy buena paga. En los años posteriores siguió trabajando, aunque cada vez menos. Ante todo el mundo nunca dejó de ser Arnold y hasta su muerte era más fácil identificarlo por ese personaje que por su nombre real.
Lo peor es que una figura con una carrera así ha tenido una posteridad tan mala. Si bien el cariño del público se nota, también se nota la avidez de ciertos buitres. Son los gajes que tiene la televisión y sus trampas.