ALEXANDER LALUZ
El aire montevideano reclama los primeros abrigos invernales, pero la vehemencia tan operística y tan italiana de Gaetano Donizetti se da el lujo lírico de descolocar la columna mercurial, con el drama de los Ashton y los Ravenswood en el teatro Solís.
Lucia de Lammermmoor, el primer título de esta nueva temporada de ópera, ya tuvo su estreno el pasado viernes, y este martes, el primer elenco encabezado por la soprano argentina Paula Almerares llegó a su segunda función. Y sin sorpresas, salvo por la muy lograda realización escenográfica (mérito indiscutido del diseñador también argentino Nicolás Boni y el montaje de Alonso Bañales y los técnicos del Solís), la regie del italiano Massimo Pezzutti volvió a seducir al público, tal como lo había hecho con Mme. Butterfly hace dos años.
Sus cartas, vale aclarar, estaban a la vista. El juego con los clisés del ritual operístico, la suma de algunas interesantes sutilezas escénicas a la recreación histórica, y la capitalización del potencial vocal de este reparto para lograr un ajustado desempeño. A lo que cabe sumar como elementos a favor, el arsenal de posibilidades que tiene esta historia (surtida de enfrentamientos entre las dos familias rivales, traiciones, ambiciones desmedidas, muertes) y el exitoso modelo operístico del siglo XIX, de neto cuño italiano. Y no sólo para conseguir la fluidez en la puesta y las performances musicales, sino también para asegurar la apropiación inmediata en la recepción.
Los cantantes de este primer elenco (el mismo que protagonizó el estreno) demostraron con justeza la talla para un proyecto de estas características, al igual que el segundo, con la soprano compatriota Luz del Alba Rubio encabezándolo, que vuelve esta noche en la penúltima función del título.
Almerares, en el papel de Lucia, el más exigido musical y escénicamente, se movió con la soltura que da la experiencia y la sólida formación, para equilibrar los extremos anímicos, afectivos, en que se mueve durante toda la ópera. En los bordes más dramáticos, de locura desatada, por ejemplo, llevó al personaje al límite mismo de lo verosímil, dándole la mayoría de las veces las dosis justas de volumen e intensidad. Una exigencia que históricamente ha sacrificado la profundidad de la actuación en bien del desempeño virtuosístico de la voz; pero, a la vez, una solución que llega en ese juego semiótico que le permite a la ópera oscilar cómodamente, como parte intrínseca de su lenguaje, entre la inmersión absoluta de la recepción en la trama y la distancia de una conciencia sobre la condición de espectáculo, de entretenimiento.
Un ejemplo vale más que extensas explicaciones: son los pasajes cuyas líneas melódicas demandan del cantante un esfuerzo tal que la atención del público es sacada sin más del dolor, el sufrimiento (o la locura, como en el caso de Lucia) para concentrarla en los esfuerzos físicos, el trabajo técnico, para dar con precisión las notas del contorno melódico, la figuración rítmica y la articulación de la frase musical.
Los otros papeles protagónicos, Enrico (hermano de Lucia) y Edgardo (su enamorado), Arturo (quien finalmente se casa con Lucia), y Raimondo (capellán), estuvieron, respectivamente, a cargo de Ricardo López, Juan Carlos Valls, Gerardo Marandino y Homero Pérez Miranda. Y sus performances, no sin esfuerzos y claros compromisos interpretativos, alcanzaron la altura de los requerimientos musicales y dramáticos concebidos por Donizetti y Salvatore Cammarano, así como los del plan escénico de Pezzutti. La realización la completaron las cantantes solistas Marianne Cardoso (Alisa) y Diego Reggio (Normanno), en correctas y a la vez discretas interpretaciones, más el coro del Sodre que tuvo un opaco desempeño musical y muy poco compromiso en la composición escénica.
Y la dirección musical del maestro uruguayo Ignacio Pilone, redondeó la propuesta con mucha concentración, atinados juegos climáticos y precisión rítmica en el trabajo con la Filarmónica; una orquesta que, de a poco (o quizás muy de a poco), va ganando experiencia y algo de soltura en este nada sencillo campo de la ópera.