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Luciano Álvarez
A veces queremos ver la Historia, y en particular, la Historia reciente, como un retrato acabado y perfecto y no como las piezas de un puzzle. Quienes han vivido, sufrido, protagonizado o estudiado el último medio siglo, tienen en sus manos algunas piezas, unos más que otros, pero siempre insuficientes para mostrarnos el retrato completo.
Al mismo tiempo, sin ellas, el puzzle es inútil. También es cierto que un puñado de piezas puede oficiar de metonimia, es decir, esa parte que encierra y eventualmente permite la comprensión del todo. El caso Lambrakis es una pieza bien interesante de ese enorme puzzle histórico que fueron las cuatro décadas largas que la Historia conoce como "la guerra fría." Una guerra que, si fue "fría" en la Unión Soviética y los Estados Unidos, convirtió en infierno a buena parte de los países que le sirvieron de escenario. El Uruguay, entre tantos.
Grecia fue uno de los primeros. Entre 1941 y 1950, una guerra civil entre los dos grupos armados que habían resistido al nazismo -comunistas y monárquicos- sumió al país en un caos económico y una polarización política que duraría al menos hasta mediados de los años 70.
Grigoris Lambrakis era, desde 1961, diputado de la "Unión democrática de Izquierda"; miembro fundador y vicepresidente la "Comisión Griega para la paz internacional".
El "Movimiento Internacional de Partidarios de la Paz" fue en realidad un peón del ajedrez de los soviéticos, más allá de sus fines evidentes y morales, que generaron la adhesión de miles de personalidades en todo el mundo. Preocupados por su retraso tecnológico atómico y temiendo que los sectores radicales de los Estados Unidos usaran esa ventaja para atacar a la Unión Soviética, sus dirigentes y el movimiento comunista promovieron lo que algún historiador llamó la "Pax soviética". En efecto, no era secreto para nadie que estos movimientos contaban con la logística y una fuerte militancia de los partidos comunistas y sus figuras intelectuales más representativas.
Lambrakis, nacido en 1912, era un claro ejemplo de las personalidades no comunistas involucradas en ese movimiento. Había participado de la Resistencia durante la Segunda Guerra Mundial, era un deportista reconocido (diez veces campeón balcánico y récord griego de salto largo durante 23 años), ginecólogo de renombre y profesor en la Universidad de Atenas.
A mediados de mayo de 1963 la Comisión organizó en Salónica un acto en el que Lambrakis sería el orador. Por esos días la capital de la Grecia macedónica era un polvorín político. Vecina a Bulgaria y Yugoslavia, era una de las zonas donde el clima de guerra civil se mantenía con toda su fiereza.
Las organizaciones de extrema derecha y sus matones gozaban de una desembozada cobertura oficial; sus matones estaban disponibles tanto para realizar manifestaciones, enfrentamientos callejeros y provocaciones, como para proteger altas personalidades en sus visitas a la región.
El 22 de mayo de 1963, el lugar del evento estaba rodeado de grupos hostiles y policías que, bajo la mirada de sus superiores, los dejaban actuar libremente. El diputado Yorgos Sarujás, fue atacado y sufrió fractura de cráneo, el propio Lambrakis recibió un golpe de porra, que le causó una herida leve.
Al terminar el acto, Lambrakis y dos de sus compañeros cruzaron la calle en dirección a su hotel; la policía impedía la salida del público, en aparente previsión de un enfrentamiento con los grupos de derecha que los esperaban fuera; de pronto, en medio de la calle desierta, y aparentemente cerrada, apareció un triciclo motorizado. Lo manejaba un matón, Spiros Gkotchamanis y en la caja iba otro, Manolis Emmanuilidis, quien golpeó al diputado en la cabeza, con un hierro. Manolis Jachiapostolu, un albañil, logró saltar al triciclo. Luego de una larga pelea con Emmanuilidis, lo tiró de la caja, mientras obligaba al otro a detener el vehículo. Un policía de civil y varios vecinos, lograron detener a los agresores.
Sin salir del estado de coma, Grigoris Lambrakis falleció el 27 de mayo. Medio millón de personas asistieron a su entierro; las paredes de Atenas se cubrieron de un graffiti que pronto recorrería el mundo: "Z", que en griego clásico significa "Vive".
Todos los partidos políticos, desde la derecha a la izquierda, reconocieron en el hecho un asesinato político, mientras la policía de Salónica procuraba convencer al gobierno, presidido por Constantino Caramanlís, que se trataba de un accidente producido por dos borrachos. El sistema político griego, incapaz de gestionar la crisis, continuó hundiéndose ante la mirada atenta de un grupo de coroneles. El 11 de julio, Caramanlís renunció.
Mientras tanto, Christos Sartzetakis, juez encargado de instruir el caso, lograba poner al descubierto una vasta conspiración cuyos ejecutores habían sido los dos matones, Emmanuilidis y Gkotchamanis, enviados por Fon Yiosmás, dirigente de extrema derecha y protegidos por las más altas autoridades de la policía. El 7 de febrero de 1966, un jurado condenó a los autores materiales y a Yiosmás, no por asesinato, sino por golpes y heridas graves (ocho y once años de prisión). El resto de los implicados fue absuelto.
Al año siguiente, el 21 de abril de 1967, los coroneles se hicieron del poder. El 29 de mayo de 1968 el juez Sartzetakis, y otros 29 magistrados fueron destituidos; por esos mismos días indultaron a los asesinos. Sartzetakis fue arrestado dos veces y pasó más de un año en prisión.
Fue rehabilitado a la caída de la dictadura; luego sería presidente de la Corte de Apelaciones y de la Suprema Corte de Justicia.
El 9 de marzo de 1985 fue electo Presidente de Grecia por un período de 5 años. Cesó en sus funciones el 4 de mayo de 1990.
El libro "Z", de Vassili Vassilikos, y sobre todo la película del mismo nombre, dirigida por Costa-Gavras en 1969, hicieron conocer el caso Lambrakis.
Fue una versión, que vis- ta hoy resulta malamente "didáctica".
Simplista y hasta caricaturesca. También lo era en 1969, pero era difícil darse cuenta.










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