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El tema se refiere a un hecho ocurrido pero no todos se ocupan de él. Sin embargo, hace referencia a conceptos muy importantes que han sido sistemáticamente trastocados en nuestro país y que, por tanto una vez más, es necesario marcarlos con la precisión que merecen. Se trata de la decisión adoptada -sin consultar a las otras fuerzas armadas- por el General del Aire y Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea, Gral. J. Bonilla, de entregar al Presidente Mujica, en acto solemne, la bandera tupamara incautada, en su momento, en un acto de guerra. Tal regalo, o devolución o simple entrega, fue interpretado benévolamente por quienes vieron en él algo en consonancia con las actitudes del primer mandatario, es decir, con sus gestos de acercamiento y de reconciliación con las FF.AA. En algunas tiendas políticas se pretende equiparar la entrega de la bandera de los tupamaros con la devolución de banderas y trofeos de guerra al pueblo paraguayo, hecha por el presidente Santos. De ninguna manera es admisible poner en un mismo nivel una y otra decisión.
En primer lugar, Paraguay fue masacrado por la Triple Alianza (Brasil, Argentina y Uruguay) en una guerra injusta y, obviamente, desproporcionada en cuanto al cotejo de fuerzas en pugna. El heroísmo paraguayo no pudo evitar que su población masculina disminuyera drásticamente y que el país entero se hundiera en la desesperanza durante décadas. Devolverle sus símbolos patrios y trofeos implica un reconocimiento a su valor y una prueba sincera de una amistad que nunca debió cesar. Al mismo tiempo, esa devolución hace emerger en el pueblo y gobierno uruguayos el sentimiento de que tenemos una deuda con el pueblo paraguayo. Además, hay mucho de arrepentimiento nacional en lo que hizo Santos. Nada de esto puede tener cabida en una eventual justificación de lo resuelto por el Gral. Bonilla.
Demás está decir -aunque existan sectores interesados en hacerse los distraídos al respecto- que los tupamaros se alzaron en armas contra un régimen constitucional. Que no fueron heroicos, ni mucho menos: asesinaron, secuestraron, coparon, robaron -¿qué se hizo de ese dinero?, ¿cuándo rendirán cuentas?- y violaron elementales derechos humanos en sus "cárceles del pueblo".
Sus acciones eran más propias del terrorismo que de la guerrilla. Y el pueblo uruguayo, que vivía atemorizado por sus desmanes, aplaudió la voluntad parlamentaria de declarar el estado de guerra interno y de encomendar a las Fuerzas Conjuntas la lucha contra los que buscaban instaurar una sociedad marxista. Los vencedores de ese crucial combate no tienen por qué pedir perdón por haberlos vencido ni tienen por qué tratar de congraciarse con ellos entregándoles un trofeo de guerra. Aclaremos de una vez por todas: los tupamaros no fueron víctimas sino victimarios. Que no se siga distorsionando la historia.
De nada valdrá tener gestos conciliatorios con ellos si no media, por su parte, una clarísima manifestación de arrepentimiento por los daños, directos e indirectos, causados a nuestra vida institucional.
La sedición tupamara no fue una entelequia, una cosa irreal. Sus miembros tienen nombre y apellido. Pues, entonces, ¡que se pronuncien sin ambigüedades! Pero si quieren ser fieles a su pasado, si quieren transformar la bandera que recibió el Presidente en un objeto de culto, nadie les impedirá que muestren su verdadero rostro moral y político.
Ya es hora de darse cuenta que el camino hacia la concordia nacional no pasa por la devolución de un símbolo -cuya sola existencia contribuirá a fortalecer la falsa imagen de sediciosos bien intencionados aplastados por la bota militar- sino por un sinceramiento sobre el pasado que protagonizaron. Este, sería, sin duda alguna, el dignísimo legado que podrían dejar a las generaciones presentes y futuras. No tener ese verdadero gesto de grandeza y de valor es seguir incurriendo en manganetas -engaño, ardid- impropias de personas y de sectores políticos respetuosos de sí mismos y del prójimo.










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