ALEXANDER LALUZ
Thelonious Monk, Wayne Shorter, Miles Davis, Sonny Rollins. Realmente son escasos los músicos que pueden medirse con la talla de estas leyendas del jazz. Pero Kurt Rosenwinkel, sin lugar a dudas, ya tiene un lugar asegurado en esa minoría.
Desde principios de los noventa, en la dinámica escena jazzística neoyorquina su nombre sonaba como una promesa a ser atendida. Y hoy, su obra, condensada en una decena de trabajos discográficos, confirma que la entonces promesa de la guitarra ha pasado a ser una realidad consagrada.
Con sendos elogios de la crítica a su último disco, Reflections (Wommusic, 2009), Rosenwinkel se embarcó este año en su primera gira por América Latina, que este próximo jueves recalará en Montevideo. El concierto, que forma parte de la agenda 2010 del Jazz Tour, será en la Sala Campodónico del teatro El Galpón, a las 21 horas.
Allí, el guitarrista estadounidense presentará justamente esta última edición en un formato de trío (Standars trío) con dos socios también de primera división. En el contrabajo estará Eric Revis, vinculado a diversos proyectos musicales como los de Betty Carter o el cuarteto de Branford Marsalis, y en batería, el joven Ted Poor, quien ha colaborado con músicos como Chris Potter, Maria Schneider, Bill Frisell.
El programa, previsiblemente, incluirá también una selección de piezas de sus discos anteriores (Deep song, Heartcore The next step o su celebrado debut con East coast love affair), tanto como carta de presentación para este debut en el Sur latinoamericano, como para dejar, de primera mano una muestra de su singular solvencia y fuerza interpretativa.
Los jazzófilos y melómanos atentos, tienen como buen preludio para preparar el oído el exuberante The Remedy: Live at the Village Vanguard. Un álbum doble grabado en el histórico reducto jazzístico de Nueva York, y en el que Rosenwinkel dejó plasmadas las señas de identidad de su estilo con la frescura que da el encuentro en vivo, generosamente enriquecida con sus extensas improvisaciones.
Su salto al competitivo mercado jazzístico internacional fue de la mano dos figuras: Gary Burton y Paul Motian y su Electric Bebop Band. En estas agrupaciones su perfil ya se destacaba por la originalidad y el virtuosismo técnico, al punto que llamó la atención de críticos y otros guitarristas del género. Dos nombres y dos concepciones jazzísticas bien diferentes, como John Scofield y Pat Metheny, pronto lo señalaron como un sonido al que hay que atender, y, seguramente, como la apertura de un camino diferente para este instrumento. Otro que no ahorró elogios a su musicalidad fue el notable Bill Frisel, que ha dicho: "realmente desarrolló un lenguaje propio con la información musical que maneja, y físicamente, en la forma en que toca el instrumento". Con estas credenciales parece casi innecesario hacer el habitual chequeo previo de la escucha. Sin embargo, con ella se pude descubrir un estilo, una concepción musical, que es un elogio virtuoso a las líneas melódicas (que fluyen con la soltura de un instrumento de soplo) y a un denso manejo de la armonía, que se lucen tanto en la improvisación como en el diseño de interesantes soluciones compositivas.
Otro nombre para una leyenda neoyorquina
Inútil sería agotar apenas una líneas para hacer una reseña de todas la figuras del jazz que han pasado por el Village Vanguard de Nueva York. Dos son suficientes: Bill Evans, John Coltrane. Y, desde 2006, se le puede sumar otra: Kurt Rosenwinkel. Ese año pasó por allí con su quinteto (Mark Turner, Aaron Goldberg, Joe Martin, Eric Harland) con los que repitió hazañas como las realizadas con otro conocido del público uruguayo, el pianista Brad Mehldau. La experiencia quedó registrada en un doble disco compacto, editado dos años después, que brilla por su naturalidad, la vehemencia de los contornos melódicos y los inteligentes solos.