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JUAN MARTÍN POSADAS
En estas elecciones departamentales -a las que los partidos llegan de lengua afuera y los ciudadanos bostezando de aburrimiento- se ha agregado, en virtud de una disposición mal votada en las postrimerías de la legislatura pasada, una elección de alcaldes.
La ciudadanía no tiene idea clara de qué se trata, no conoce a los candidatos y carece de motivaciones para informarse. Yo, personalmente, participo de ese estado de ánimo; no creo que vaya a incluir una segunda papeleta para elegir algo que no sé qué es ni para qué sirve. El desinterés de la gente al respecto no es pura desidia sino una fundada presunción de lo inútil que resultará esa nueva burocracia para la mejor administración municipal.
La disposición votada tiene alcance nacional, naturalmente, pero me referiré al Departamento de Montevideo. El estado de la ciudad es visiblemente de abandono, casi diría un estado calamitoso in crescendo, año tras año (como también hay un sostenido crescendo de impuestos y tributos municipales). Las obras que se están llevando a cabo son típicos apuros de año electoral que sólo ponen de manifiesto lo poco que se hizo los años anteriores. Las eventuales soluciones para modificar esa irritante tendencia no pueden imaginarse dentro de una lógica de multiplicación de unidades burocráticas y administrativas sino más bien todo lo contrario.
El verso (o la música) a cuyo influjo se "vendió" esta reforma en las Cámaras fue la descentralización. Dado que ese concepto ha pasado a ser una consigna prestigiosa y de impecable corrección política, algunos legisladores de nuestro Partido Nacional le dieron su voto (o no se animaron, por esa misma corrección política, a votar en contra). A los efectos prácticos, sólo se votó un gran lío.
Los efectos prácticos en el ámbito departamental, que es de lo que se trata, son: la limpieza de la ciudad, el estado de las calles, el cuidado de los parques, el ordenamiento del tráfico, el transporte público y asuntos afines. Todo eso el montevideano desea ver rescatado de la desidia y mejorado pero en nada incidirán las alcaldías ya que la ley -votada entre gallos y media noche- está virgen de precisiones sobre límite de atribuciones, especificación de competencias, respaldo presupuestal, controles de gestión y otras yerbas.
Viene aquí a cuento una famosa queja de Benjamin Constant, tan apropiada que parece dirigida a nuestra situación. Dice así: "Francia se ha visto importunada con experimentos inútiles, cuyos autores, irritados por su escaso éxito, la obligaban a disfrutar de los bienes que no deseaba y le regateaban los que ella quería".
Los montevideanos estamos saturados de teorías participativas (que dispersan la responsabilidad que cabe a los jerarcas), aburridos de los sermones del profesor Ehrlich y de las clases de la maestra Olivera y, en general, hartos que nos prometan cosas que no necesitamos. Queremos tres o cuatro realizaciones concretas: limpieza, circulación ordenada, un mínimo de aprecio por la estética de la ciudad y un ordenamiento burocrático-administrativo de la Intendencia que acote tanto el derroche ideológico como el despilfarro de los recursos.
"Estamos saturados de teorías participativas que dispersan la responsabilidad".










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